miércoles, 16 de mayo de 2012

LA HIJA DE ROBERT POSTE (STELLA GIBBONS)

Clásica, irreverente, ágil, deliciosa... La hija de Robert Poste resultó un éxito inmediato desde su publicación en 1932 y aún hoy está considerada una de las mejores novelas cómicas de la literatura inglesa. Un mítico long seller  por el que deambula una galería irrepetible de personajes sometidos a las situaciones más dispares.

FRAGMENTO

Nota

La acción de esta historia se desarrolla en un futuro inmediato.


Capítulo 1

La educación que Flora Poste recibió de sus padres había sido cara, deportiva y larga; y cuando murieron, uno detrás del otro, en un período de pocas semanas debido a la epidemia anual de la Gripe o Peste Española—lo cual aconteció cuando Flora tenía veinte años—, la joven se reveló como poseedora de todas las artes y talentos necesarios para ganarse la vida.
Siempre se había dicho que su padre era un hombre acaudalado, pero cuando falleció sus albaceas quedaron desconcertados al descubrir que era pobre. Después de que se hubieran liquidado las deudas y se hubieran satisfecho las demandas de los acreedores, su hija quedó con una renta de cien libras anuales, y sin ninguna propiedad.
En cualquier caso, Flora heredó de su padre una férrea voluntad y de su madre unas pantorrillas soberbias. La primera no se había visto afectada porque Flora siempre había hecho lo que le había dado la gana, y las segundas habían logrado salir indemnes de los violentos deportes atléticos en los que se habían visto obligadas a participar. Aun así, comprendió que ni su voluntad ni sus pantorrillas eran las herramientas más apropiadas para ganarse el sustento.
Así pues, decidió quedarse con una amiga, una tal señora Smiling, en su casa de Lambeth, hasta que hubiera decidido qué hacer con su vida y con sus cien libras anuales.
La muerte de sus padres no causó en Flora un dolor excesivo, pues apenas los conocía. Sus progenitores tenían una afición desmedida por los viajes y, a lo largo de todo el año, apenas permanecían un mes en Inglaterra. Flora, desde que cumplió los diez años, había pasado las vacaciones escolares en casa de la madre de la señora Smiling; y cuando la señora Smiling contrajo matrimonio, Flora empezó a pasarlas directamente en casa de su amiga. De modo que aquella sombría tarde de febrero, quince días después de que se hubiera celebrado el funeral de su padre, Flora se adentró en las calles de Lambeth, con la familiar sensación de quien regresa a casa.
La señora Smiling era afortunada, pues había heredado aquella casa de Lambeth antes de que los alquileres en ese distrito se elevaran vertiginosamente hasta límites absurdos, siguiendo la marea de la moda, que viró repentinamente y saltó desde Mayfair hasta el otro lado del río. En consecuencia, los parapetos de piedra que bordean el Támesis se convirtieron de la noche a la mañana en territorio de paseo de numerosas damas argentinas con sus perros bull-terriers. La señora Smiling había enviudado recientemente; su marido había sido propietario de tres casas en Lambeth y se las había dejado en su testamento. La más agradable de las tres, situada en Mouse Place, tenía una fachada con una puerta coronada por una lucerna semicircular, que daba al voluble Támesis; era precisamente allí donde vivía la señora Smiling. Respecto a las otras dos casas, una había sido derribada y en el solar se había perpetrado un garaje; y la tercera, que era demasiado pequeña y poco adecuada para cualquier otro propósito, se había convertido en la sede del Old Diplomacy Club.
Las macetas de geranios blancos que colgaban en cestillos de los pequeños balcones de hierro del número 1 de Mouse Place contribuyeron en gran medida a animar a Flora cuando su taxi se detuvo ante la puerta.Al darse la vuelta y encontrarse ante la casa, comprobó que Sneller, el criado de la señora Smiling, ya había abierto la puerta y la estaba mirando desde lo alto de la escalera, dedicándole un leve gesto de bienvenida. Flora pensó que aquel hombre era tan poco expresivo como una tortuga; y se alegró de que su amiga no tuviera ninguno de esos animales como mascota, o podrían haber entendido que el criado le hacía burla.
La señora Smiling la esperaba en el salón desde el que se divisaba el río. Era una irlandesa bajita, de veintiséis años, con una piel excelente, grandes ojos grises y una nariz pequeña y aquilina. Tenía dos intereses en la vida. Uno era conseguir que entraran en razón y se moderaran los apasionados corazones de algunos caballeros quinceañeros de alta cuna y buena fortuna que estaban locamente enamorados de ella, y que, tras su negativa a aceptarlos en matrimonio, se habían largado a lugares tan remotos como Jhonsong La Lake, M’Luba- M’Luba y los Kwanhattons. Ella les escribía a todos una vez por semana, y ellos le respondían a vuelta de correo (como bien sabían los amigos de la señora Smiling, dado que siempre les estaba leyendo en voz alta largos y aburridísimos fragmentos de aquellas cartas).
Aquellos caballeros, a causa de los duros trabajos que soportaban en esos territorios salvajes y de su incansable devoción hacia la señora Smiling, eran conocidos colectivamente como «Los Pioneros-Oh, de Mary Smiling», parafraseando el inspirado poema de Walt Whitman.
El segundo interés de la señora Smiling era su colección de brassières, y su búsqueda de uno que fuera perfecto. Se decía que tenía la colección más extensa y delicada de esas prendas existente en el mundo. Todos esperaban que a su muerte cediera la colección al Estado.
Era toda una autoridad en lo que se refería al corte, el ajuste, el color, la fabricación y el adecuado funcionamiento de los brassières; y sus amigas habían aprendido que, incluso en los momentos de extrema preocupación emocional o incomodidad física, podían llamar su atención y hacer que recuperara su tranquilidad con sólo pronunciar la frase: «Mary, he visto unbrassière que quizás podría interesarte…».
El carácter de la señora Smiling era firme, y sus gustos muy refinados. Su método para tratar con la caprichosa naturaleza humana, cuando ésta insistía en imponer la grosería en su modo de vida, era rápida y efectiva; ella fingía que las cosas no eran como eran: y habitualmente, después de un tiempo, dejaban de serlo. La Ciencia Cristiana tal vez sea una organización más grande, pero, a buen seguro, no es tan exitosa.
Una de las máximas favoritas de la señora Smiling era: «Desde luego, si tú animas a la gente a pensar que son desordenados, al final serándesordenados». Y esta otra: «Tonterías, Flora. Son tuyas».
En todo caso, la señora Smiling no era ajena a los delicados entretenimientos de la imaginación.
—Y bien, querida —dijo la señora Smiling (y Flora, que era alta, se inclinó y la besó en la mejilla)—, ¿qué tomarás? ¿Prefieres un té o un cóctel?
Flora se inclinó por el té. Dobló los guantes, colocó el abrigo en el respaldo de una silla, y a continuación tomó el té con una pasta de canela.
—¿Y el funeral? Horrible, supongo —preguntó la señora Smiling.
Sabía que Flora no había lamentado en exceso el fallecimiento del señor Poste, aquel hombre corpulento que había sido serio en el juego y desdeñoso con las bellas artes. Y tampoco el de la señora Poste, que había deseado que todos a su alrededor vivieran frívolamente y, sin embargo, se comportaran como damas y caballeros.
Flora contestó que había sido espantoso. Añadió que estaba segura de que todos sus familiares de más edad habían disfrutado infinitamente.
—¿Alguno de ellos te ha pedido que vayas a vivir con ellos? Permíteme que te prevenga al respecto. Los parientes siempre están pidiéndole a una que se vaya a vivir con ellos —dijo la señora Smiling.
—No. Recuerda, Mary, que ahora sólo dispongo de cien libras anuales; y además, no sé jugar al bridge.
Bridge ¿Eso qué es? —inquirió la señora Smiling, lanzando una distraída mirada al río desde la ventana—. ¡Qué maneras tan curiosas tiene la gente de pasar el tiempo, desde luego! Creo que eres muy afortunada, querida: pasaste todos esos años espantosos en el colegio y en la universidad, donde tuviste que jugar a esos deportes horribles, y sin embargo conseguiste que no te gustaran. ¿Cómo te las arreglaste?
Flora se quedó pensativa.
—Bueno… Al principio solía quedarme completamente quieta y miraba a los árboles, sin pensar en nada en absoluto. Solía haber algunos árboles por allí, porque la mayoría de los juegos, ya sabes, se desarrollan al aire libre, e incluso cuando era invierno los árboles seguían en el mismo sitio. Pero como me pareció que las otras chicas iban a descubrirme, dejé de quedarme quieta y me puse a correr como las demás. Yo siempre corría tras la pelota porque, al fin y al cabo, Mary, la pelota tiene su importancia en estos juegos, ¿me entiendes? Hasta que descubrí que a las demás no les gustaba que hiciera eso, porque nunca la cogía donde debía o no la golpeaba como debía, o no hacía lo que se supone que hay que hacer con ella.
»Así que decidí empezar a correr, pero alejándome de la pelota; sin embargo, resultó que tampoco eso les gustaba, porque al parecer la gente del público se preguntaba qué demonios hacía brincando fuera de los límites del campo, y por qué corría despavorida para huir de la pelota cada vez que la veía acercarse a mí.
»Y, entonces, un día, después de acabar uno de aquellos partidos, un montón de compañeras me cogieron y me dijeron que yo no era buena.
Y la maestra de gimnasia parecía bastante preocupada: me preguntó si de verdad no me importaba nada el lacrosse (pues ése era el nombre del juego) y yo le respondí que no, que me temía que verdaderamente no me interesaba ni una pizca; y entonces ella me dijo que era una lástima, porque mi padre era un gran “aficionado”, y me preguntó qué era lo que me interesaba.
»Así que le dije que, bueno, la verdad era que no estaba muy segura, pero que en términos generales me gustaría que todo a mi alrededor estuviera ordenado y tranquilo, y que no me molestaran mandándome hacer cosas, y poder reírme con la clase de chistes que otras personas no consideran en absoluto divertidos, y que no me pidieran expresar opiniones sobre cualquier cosa (como el amor, y “¿no te parece fulanita un tanto peculiar?”). Así que luego la maestra dijo, ah, bueno, y me preguntó si no creía que podía intentar ser un poco menos perezosa, aunque sólo fuera por mi padre, y yo le dije que no, queme temía que no podía; y después se fue. Y entonces todas las demás continuaron diciéndome que yo no era buena. La señora Smiling asintió con un gesto aprobatorio, pero le dijo a Flora que hablaba demasiado. Y añadió:
—Ahora debemos ocuparnos de ese asunto de con quién vas a vivir a partir de ahora. Desde luego, puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees, querida; pero supongo que querrás trabajar al menos durante algún tiempo, ¿no?, y ganar lo suficiente para poder disfrutar de tu propio apartamento.
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Flora, sentada muy tiesa y muy digna en su silla.
—Bueno… Quizás quieras organizar el trabajo de otros, como hacía yo antaño —porque la señora Smiling, antes de casarse con Tod Diamante Smiling, el especulador, había sido organizadora de la LCC—. No me preguntes en qué consiste exactamente, porque lo he olvidado por completo. Hace tanto de aquello… Pero estoy segura de que tú podrías hacerlo a la perfección. O tal vez podrías dedicarte al periodismo. O podrías ser bibliotecaria. O apicultora. Flora sacudió la cabeza. —Me temo que no podría hacer nada de eso, Mary.
—Vaya… Y entonces ¿qué harás, querida? Bueno, Flora, no seas floja. Sabes perfectamente bien que serás muy desgraciada si no consigues un trabajo; todos nuestros amigos trabajan. Además, cien libras anuales ni siquiera te alcanzarán para medias y abanicos.
¿De qué vas a vivir? —De mis familiares.
La señora Smiling le lanzó una conmocionada mirada de interrogación, porque, aunque educadísima en sus gustos, era una mujer de talante independiente y estricta moral.
—Sí, Mary—recalcó Flora con firmeza—, sólo tengo diecinueve años, pero ya he observado que mientras aún persiste el absurdo prejuicio contra el hecho de vivir de los amigos, no se establecen límites, ni por parte de la sociedad ni por parte de la conciencia personal, a la carga que una puede suponer a la hora de vivir con sus parientes. »
Y en lo que a mis parientes se refiere, he de decirte que, por ambas ramas de la familia, soy particularmente rica (y creo que si pudieras ver a algunos de ellos estarías de acuerdo con mi apreciación). Tengo un primo soltero de mi padre en Escocia. Tengo una hermana de mimadre en Worthing (quien, por si eso no fuera suficiente, se dedica a la cría de perros). Tengo una prima de mi madre que vive en Kensington. Y tengo también unos primos lejanos, relacionados de algún modo con mi madre, creo, que viven en Sussex…
—Sussex…—murmuró la señora Smiling—. No me gusta nada cómo suena eso… ¿No serán esos que viven en una de esas granjas ruinosas?
—Me temo que sí—confesó Flora con desgana—. De todos modos, no voy a contar con ellos a menos que me fallen los demás. Me propongo enviar una carta a los familiares que he citado, exponiéndoles mi situación y preguntándoles si podrían acogerme a cambio de mi cara bonita y de mis cien libras anuales.
—¡Flora! ¡Qué locura! —exclamó la señora Smiling—. Debes de haberte vuelto loca. ¡Vamos, te morirías al cabo de una semana…! Tú sabes que ninguna de nosotras está hecha para soportar familiares bajo su techo. Lo que tienes que hacer es quedarte aquí conmigo y aprender mecanografía y taquigrafía, y luego podrás convertirte en secretaria de alguien y tener un pisito bonito en propiedad, y así podremos dar las dos unas fiestas maravillosas…
 —Mary, sabes perfectamente que odio las fiestas. Cuando me imagino el infierno, lo que veo es a un montón de gente en una habitación helada celebrando una fiesta en la que todos saben jugar al hockey. Pero, ¿ves?, has conseguido distraerme de lo que realmente quería decirte. Cuando haya encontrado a un pariente que esté dispuesto a acogerme, podré manejarlo como quiera y alteraré su carácter y su modo de vida para acomodarlo a mis propios gustos. Y luego, cuando me plazca, me casaré.
—¿Con quién, si puede saberse?—exigió la señora Smiling con brusquedad; estaba muy contrariada.
—Con uno que yo escoja. Tengo ideas muy precisas acerca del matrimonio, como sabes. Siempre me ha gustado cómo suena la frase: «Se ha concertado un matrimonio». ¡Así que el mío sería un matrimonio concertado! ¿No se trata acaso de la decisión más importante en la vida de cualquier persona? Prefiero la idea de un matrimonio concertado a esos otros de los que se dice que se urden en el Cielo.
La señora Smiling sintió un escalofrío ante el implacable cinismo, casi francés, del discurso de Flora.
Porque la señora Smiling creía que los matrimonios debían surgir naturalmente de la unión de dos seres que se aman el uno al otro, y que debían celebrarse en las iglesias con la parafernalia y los perifollos correspondientes; así era como había surgido su propio matrimonio, y así se había celebrado. —Pero lo que yo quería preguntarte era lo siguiente—añadió Flora—: ¿No crees que sería buena idea mandar una circular, una carta igual para todos esos familiares de los que te hablo? ¿No crees que les impresionaría mi eficiencia? —No —contestó la señora Smiling con frialdad—, no creo que les impresionara. En cierto modo, sería incluso disuasorio. Debes escribirles, desde luego (una carta absolutamente distinta para cada uno de ellos, Flora), explicándoles la situación…Es decir, si realmente estás tan loca como para seguir adelante con tu plan. —No me fastidies, Mary. Escribiré esas cartas mañana, después de la comida. Las escribiría esta misma noche, pero creo que deberíamos salir a cenar… ¿no te parece? Y así celebrar la inauguración de mi carrera como parásita. Tengo diez libras. Te llevaré al New River Club… ¡Un lugar angelical! —No seas mema. Sabes perfectamente que no nos dejarán entrar si no vamos acompañadas. —Entonces seguro que puedes encontrar a alguien. ¿No estará, por casualidad, alguno de tus «Pioneros-Oh» en Londres, de vacaciones, tal vez? El rostro de la señora Smiling adoptó aquel gesto gallináceo y maternal que siempre se asociaba, en la mente de sus amigos, con los pensamientos relativos a los «Pioneros-Oh». —Está Bikki —dijo. (Todos los «Pioneros-Oh» tenían apodos cortos y bruscos, como si se tratara de los graznidos de extraños animales, aunque esto resultaba bastante natural, puesto que todos ellos venían de lugares infestados de alimañas.)—. Y tu primo segundo, Charles Fairford, también está en la ciudad —prosiguió la señora Smiling—. Ése tan alto, tan serio, tan tétrico. —Servirá —dijo Flora, con un gesto de aprobación—. Tiene una naricilla tan graciosa… Por tanto, aquella misma noche, alrededor de las nueve menos veinte, el coche de la señora Smiling se alejaba de Mouse Place llevando en su interior a la señora de la casa y a Flora, ataviadas con sendos vestidos blancos y con unas absurdas guirnaldillas de flores en la cabeza; enfrente de ellas iban Bikki y Charles, a quien Flora sólo había visto anteriormente media docena de veces. Bikki, que sufría de un desconcertante tartamudeo, hablaba muchísimo, tal como le ocurre a todos los tartamudos. Era un treintañero corriente, y acababa de volver a casa desde Kenia. Deleitó a sus compañeros corroborando todos los espantosos rumores que se contaban acerca de ese lugar. Charles, que iba elegantemente vestido con traje, apenas abrió la boca. De vez en cuando, si algo le divertía, soltaba un «¡ja, ja…!», profundo y musical. Tenía veintitrés años y algún día se convertiría en pastor. Se pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana, y apenas le dirigió la mirada a Flora. —No creo que Sneller apruebe esta excursión —observó la señora Smiling mientras avanzaban—. Tenía un aspecto verdaderamente sombrío y preocupado cuando salimos… ¿Acaso no lo notaste? —Aprueba todo lo que yo hago porque parezco una persona formal—dijo Flora—. Una nariz recta es una gran ayuda si una quiere parecer formal. —Yo no quiero parecer formal —dijo la señora Smiling con frialdad—. Ya tendré tiempo de parecerlo cuando no puedas soportarlo más y tenga que ir a rescatarte de las garras de algunos de esos parientes imposibles en algún lugar remoto. ¿Se lo has contado a Charles? —¡Santo Cielo, no! Charles es un pariente. Podría pensar que quiero irme a vivir con él y con la prima Helen a Hertfordshire, y que le estoy suplicando una invitación. —Bueno, podrías venir si quisieras—dijo Charles, volviéndose y abandonando su escrutinio de las brillantes calles que centelleaban al otro lado de la ventanilla—. Hay un columpio en el jardín y flores de tabaco en verano, y probablemente a mi madre y a mí nos gustaría bastante que vinieras. —No seas memo —dijo la señora Smiling—. Mira… Ya hemos llegado. ¿Has reservado mesa cerca del río, Bikki? Bikki se las había arreglado para conseguirlo; así que cuando se sentaron frente a las flores y las velas que adornaban su mesa, pudieron mirar hacia un lado y contemplar la superficie cristalina del río en movimiento, y tenerlo a sus pies cuando se dispusieron a bailar. A través de las mamparas de cristal podían ver pasar las barcazas, portando sus románticas luces rojas y verdes. Fuera había empezado a llover, y el techo de cristal se llenó de gotitas de plata inmediatamente. En el curso de la cena, Flora le contó a Charles su plan con todo detalle. Al principio, él semantuvo en silencio; y ella pensó que estaba sorprendido. Y, aunque Charles no tenía una nariz recta, podría haberse escrito de él lo mismo que Shelley escribió de sí mismo en el prólogo de Julian y Maddalo: «Julian es bastante serio». Pero al final, con aire divertido, dijo: —Bueno, si te cansas, dondequiera que estés, llámame e iré y te rescataré en mi avión. —¿Tienes un avión, Charles? Jamás hubiera pensado que un reverendo en estado embrionario como tú fuera dueño de un avión. ¿De qué tipo es? —Es un Twin Belisha Bat. Se llama Speed Cop II. —Pero, Charles… En serio, ¿tú crees que un pastor debe tener un avión? —añadió Flora, que tenía ganas de reírse y de bromear. —¿Y eso qué tiene que ver? —dijo Charles con parsimonia—. En todo caso, házmelo saber y te iré a buscar. Flora prometió que lo haría, porque Charles le caía bien, y luego bailaron juntos; y los cuatro se sentaron durante largo rato a disfrutar del café; y luego ya eran las tres de la madrugada y pensaron que era hora de irse a casa. Charles le puso a Flora su abrigo verde, y Bikki el suyo, negro, a la señora Smiling. Poco después los cuatro regresaban a casa en coche por las calles mojadas de Lambeth. Todas las ventanas dejaban ver las luces rosas, anaranjadas o doradas que iluminaban cada casa, en cuyo interior se estaban celebrando animadas fiestas o reuniones de amigos o partidas de cartas, o simplemente se escuchaba música; y los escaparates iluminados de las tiendas mostraban a la lluvia un vestido solitario o un caballo de cerámica de la dinastía Tang. —Ahí están los del Old Diplomacy —dijo la señora Smiling con un gesto de curiosidad cuando pasaron junto a aquel ridículo tugurio, con cestas de flores metálicas adornando los estrechos alféizares de las ventanas; el eco de la música procedía de las habitaciones superiores—. Cómo me alegro de que el pobre Tod me lo dejara. Realmente me reporta un montón de dinero. La señora Smiling, como toda la gente que en el pasado había sido desagradablemente pobre y que con el tiempo se había convertido en deliciosamente rica, aún no había aprendido a manejar su dinero, y siempre estaba manoseándolo mentalmente y deleitándose con fruición en la idea de la gran cantidad de recursos que poseía. Y a sus amigas les encantaba aquello y lo observaban con indulgencia, exactamente igual que si vieran a una niña jugando con su muñeca. Ya en la puerta, Charles y Bikki les dieron a las damas las buenas noches, porque la señora Smiling temía la respuesta de Sneller si les sugería que entraran a tomar un último cóctel. Flora murmuró que aquello era absurdo. Sin embargo se sintió bastante deprimida cuando ambas subieron a sus respectivas alcobas por la estrecha escalera alfombrada en negro. —Mañana escribiré esas cartas —dijo Flora, bostezando, con una mano apoyada en la delicada balaustrada blanca—. Buenas noches, Mary. La señora Smiling respondió: —Buenas noches, querida. Y añadió que al día siguiente Flora tendría que pensárselo mejor.

360 pgs. 20.50€

lunes, 7 de mayo de 2012

LOS HILOS DEL CORAZON (CAROLE MARTINEZ)

Carole Martinez, una profesora francesa de origen español, ha sorprendido con su primera novela, una mágica historia que hace revivir a su misteriosa tatarabuela andaluza. Un libro que ha obtenido nueve premios y que el boca a oreja ha convertido en un éxito de ventas en Francia.







Fragmento:


Prólogo Mi nombre es Soledad. Nací en ese país donde los cuerpos se secan, con los brazos muertos incapaces de abrazar, y grandes manos inútiles. Mi madre tragó tanta arena antes de encontrar un muro tras el cual dar a luz, que la arena me pasó a la sangre. Mi piel oculta una larga ampolleta que nunca se vacía. Desnuda bajo el sol puede que se viera al trasluz ese fluir arenoso que me atraviesa. LA TRAVESÍA Algún día tendrá que volver toda esa arena al desierto. Cuando nací, mi madre leyó mi futura soledad. Nunca sabría ni dar ni recibir, nunca. Está escrito en la palma de mis manos, en mi obstinado rechazo a respirar, a abrirme al aire viciado del exterior, en esa voluntad de resistirme al mundo que trataba de irrumpir por todos mis orificios, rastreando a mi alrededor como un perrillo. El aire penetró contra mi voluntad y grité. Hasta entonces nada había podido aminorar el paso de mi madre. Nada había domeñado su obcecación de mujer jugada. Jugada y perdida. Nada, ni la fatiga, ni el mar, ni las arenas. ¡Nadie nos dirá nunca cuánto tiempo duró nuestra travesía, cuántas noches hubieron de dormir mientras caminaban aquellas niñas que seguían a su madre! Crecí sin que mi madre lo advirtiera, aferrada a sus entrañas, para no irme con toda aquella agua que ella perdía en los caminos. Luché para seguir allí y no interrumpir el viaje. La vieja mora que paró a mi madre tocándole el vientre, la que murmuró «Ahabpsi!» como quien alza un muro, y que, armada con una mano y una palabra, se enfrentó sola a la furiosa voluntad de aquella mujer embarazada de una niña, que tenía que haber nacido hacía tiempo, y que quería seguir caminando por más que hubiera caminado ya más de lo posible y que se veía incapaz de caminar más, la vieja árabe cuyas manos enrojecidas por la henna eran más fuertes que el desierto, la que pasó a ser para nosotros el extremo del mundo, el final del viaje, el cobijo, esa mujer leyó también la soledad en mis manos, aunque no sabía leer. Su mirada penetró al punto en las vísceras de mi madre y sus manos me buscaron en ellas. Me extrajo del fondo de la carne donde yo me hallaba acurrucada, del fondo de esa carne que se había olvidado de mí para seguir caminando, y, tras liberarme de ella, advirtió que mis manos no me servirían de nada, como si al nacer yo hubiese renunciado a ellas. Sin entenderse entre sí, me pusieron, cada una en su lengua, el mismo nombre. «Soledad», dijo mi madre sin mirarme siquiera. Y la vieja, como un eco, contestó: «Wahida». Y ninguna de las dos mujeres sabía leer. Mi hermana mayor, Anita, se negó durante mucho tiempo a reconocer la evidencia escrita en mis manos, escrita en mi nombre. Esperó a que un hombre me cambiara el nombre y mis dedos se ablandaran. Recuerdo un tiempo en que los jóvenes del barrio Marabout remoloneaban en torno a nuestra casa esperando verme pasar. Indolentemente recostados en las casas, solos o a veces en grupos, me espiaban en los callejones y callaban cuando yo me acercaba. Yo no era lo que se dice guapa, al menos no como lo era mi hermana Clara, pero yo, al parecer, tenía una chispa especial que los dejaba embobados. Mis hermanas me repetían entre risas las confidencias de los jóvenes que les suplicaban que intercedieran en su favor, lo cual hacían con no poca guasa, describiéndome los ridículos síntomas de su amor, sus tartamudeos, sus miradas lánguidas. Y nos reíamos. Pero yo pensaba en su miembro tieso aprisionado en su pantalón corto, y fluctuaba entre la risa y el asco. Tenía donde elegir, no tenía un padre que me impusiera un matrimonio. Sólo Anita, la mayor, hubiera podido ejercer su autoridad sobre mí. No lo hizo nunca. Esperaba, posponiendo sin cesar su propia noche de bodas. Ligada por una promesa que alejaba desde hacía quince años a su marido de su lecho: «Primero las casaremos, a las cuatro...». Incapaz de decidirme por uno u otro de aquellos pasmados, un día dejé caer el viejo chal negro que me había legado mi madre, prometiéndome casarme con el que lo recogiera, quienquiera que fuese. Era otoño. Durante un instante me quedé mirando aquella mancha oscura en la tierra ocre, aquel charco de tela negra, tranquilo a mis pies. De inmediato se arrojaron sobre él. Inmóvil bajo el sol del mediodía, aguardé a que se levantara el polvo y asomara una mano de aquella maraña de enamorados. Pero una vez se disipó la nube, lo único que quedaba de mis pretendientes eran unos pelos, unos cuantos dientes y largos jirones de tela negra olvidados en la refriega. El lugar estaba vacío y el chal hecho trizas. Mis manos arañaron entonces el polvo del desierto rojo en busca del pedazo de tela donde aparecía bordado el nombre de mi madre. Frasquita Carrasco. Mamá sólo sabía escribir con la aguja de hacer punto. Cada labor hecha por ella ostentaba una palabra de amor escrita en el espesor de la tela. El nombre se conservaba intacto. Me lo deslicé bajo la falda y me fui a ver a Anita, mi hermana mayor, que presidía el grupo de mujeres entre las sábanas empapadas. En la sombra del lavadero, el calor descabezaba un sueño. Me quedé un rato detrás de mi hermana, observando cómo sus hermosas manos de cuentista se agitaban contra la tabla de madera, agrietándose en el agua jabonosa. De pronto se volvió hacia mí, sin duda incómoda por el peso de mi mirada clavada en su espalda, y me sonrió restregándose maquinalmente el dorso de las manos en el delantal claro, moteado por el agua y la luz, que se había anudado en torno a la cintura. Sus compañeras de lavadero aguzaron el oído por encima de sus barreños de madera. Atenuaron los golpes de paleta e incluso sacaron los cepillos, que apenas rozaron la tela con un largo murmullo apagado, removiendo la espuma apenas sucia. —No me casaré nunca, he ahuyentado a mis enamorados —le confesé. —¿Y cómo lo has conseguido? —me preguntó Anita riendo. —He dejado caer el chal. Se han peleado y lo han hecho trizas. —¡Tu horroroso chal de luto! Te regalarán otro, más alegre. Ya se las arreglarán para reunir dinero entre todos. Y si no, le robarán uno a alguna hermana. —¿También te iba detrás mi hijo? —vociferó la María, retorciendo el cuello de una camisa de hombre cuyo jugo lechoso le chorreaba por los rollizos antebrazos. —No lo sé, no he visto más que el polvo de la pelea. Mi indiferencia había ofendido a las mujeres. Los paletazos se reanudaron con el mismo ritmo, los golpes en las sábanas se intensificaron en el agua y la cadencia se aceleró hasta que los brazos se cansaron y el ritmo se rompió. —¡Mírala, ésta! ¡Otra que sale a la madre! —se desgañitaba Manuela—. ¡A ver si casas de una vez a tu hermana, Anita! ¡Verás qué pronto deja de mover tanto el culo ante todo lo que lleva pantalones cuando tenga a un hombre en casa que se lo impida! —¡Desde luego no será tu marido, Anita, el que le sacuda una somanta a ese pingo! —intervino la María—. ¡Un pobre diablo tan poco hombre que ha sido incapaz de hacerte una criatura en quince años de matrimonio! —¡Ni padre tiene la muy zorra, y aún se hace la caprichosa! —remachó una tercera voz. Anita se reía de buena gana. Nada podía hacer mella en la alegría que la embargaba desde su boda. Las mujeres montaban en cólera y me acusaban de hechizar a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres... A Anita le divertían sus celos. Le constaba que más de un marido formaba parte del grupo de combatientes: —¡Ojo con los morados y las señales que tengan en el cuerpo vuestros maridos! ¡Esta noche volverán avergonzados de haber recibido una somanta, pero apretando un trozo de tela negra contra el corazón! Al oírla María, la gibosa, se plantó ante mi hermana, brazos en jarras. Se la quedó mirando desde el fondo de los oscuros pozos que le reventaban en el rostro. Muy lejos, en las profundidades, algo apagado pugnaba por brillar. —¡Vuestra madre la pringó y mejor que mejor! Os quedan los vestidos, pero os los quemaremos algún día, esos vestidos y esos chales que heredasteis y que están plagados de maleficios! ¡Os los arrancaremos del cuerpo, y si no podemos os quemaremos con ellos! ¡Esta vez no os protegerá el demonio! —¿Has olvidado el vestido de novia que te hizo mi madre para taparte la chepa y que ni siquiera le pagaste? —replicó mi hermana—. Sin ese vestido te quedas sin hijo. Porque la única vez que te montó tu marido fue la noche de bodas, ¿o no? —¡Ese vestido del demonio se lo comieron las polillas el día que se murió la bruja de tu madre! ¡Se lo comieron! ¡Al fuego tuve que tirarlo, porque estaba cuajado de polillas! —¡Bobadas! ¡Creencias de comadres! Y tú, Manuela, como una vaca de gorda estabas cuando se casó contigo Juan. ¡Gracias a mi madre evitasteis que chismorreara la gente! Hacía unos dos meses que no salías de casa para que no se notara lo que te crecía en el vientre, y sólo mi madre consiguió que se creyeran que seguías virgen! ¡De no ser por el bonito vestido que, dejándose los ojos, te hizo con los retales que corrían por vuestra casa, no hubieras podido evitar el escándalo! —Entonces era coqueta y no desconfié. Pero hacer algo así con unos cachitos de tela no parecía cosa cristiana. Cuánto lloré cuatro años después, cuando murió mi niño. Saqué el vestido para verlo... y me entró miedo. ¡Todo descosido estaba! Y el lustre de la tela, que parecía satén, ¡había desaparecido! ¡Ya no era más que un montón de trapos tiñosos prendidos unos a otros! Entonces las mujeres se pusieron a dar gritos todas a la vez. En medio del chapoteo del agua, de los gritos, de los paletazos y del restallar de las sábanas, de esa histeria sonora en que el español teñido de árabe y de italiano se mezclaba con el francés, conseguí murmurar a mi hermana la frase que me había repetido incansablemente a mí misma camino del lavadero: —Anita, quiero quedarme soltera. Ya no tienes que esperar a que se case tu hermana pequeña. ¡Vamos, ten tus propios hijos! Quiero asumir el nombre de soledad que me puso mi madre. Te libero de tu promesa, porque nunca me casaré. Anita lo entendió y desde entonces dejé de tener pretendientes. Mi juventud feneció ese día con un estertor de tela desgarrada. Era otoño. Las señales aparecieron de pronto. Esa misma noche me sequé. La piel se me llenó de surcos, se agrietó. Mis rasgos se desplomaron y supe que no tenía ya nada que temer del tiempo. La sombra de los años futuros laceró en una noche mi cara. El cuerpo se me acartonó como un papel viejo arrumbado al sol. Me dormí con la piel lisa y suave de los veinte años y me desperté con un cuerpo de vieja. Pasé a ser la madre de mis hermanas mayores, la abuela de mis sobrinos, de mis sobrinas. Resulta casi enternecedor ese rostro estragado que se os pone de repente, esa sorda fatiga, esas trincheras bajo los ojos, esas huellas de un combate perdido en vuestra ausencia, durante vuestro sueño. Al final de la noche estaba rendida. No obstante me reconocí, reconocí a la viejecita que tenía enfrente en el espejo y que me sonreía. Probablemente, así me ahorré la larga agonía de los tejidos, las pequeñas muertes diarias, esa pátina, esa luminosidad que se apaga poco a poco, la lenta caricia del tiempo. Lloré mi belleza esfumada, lloré el color desvaído de mis ojos. Todavía quedaba agua en aquel gran cuerpo seco. Las lágrimas se deslizaron en mis oquedades. La sal y la estación enrojecieron todas las arrugas. Una se acostumbra a vivir en un cuerpo de «anciana». ¡Me hubiera gustado tanto que hubiera más árboles! El otoño aquí lo ensangrienta todo a su antojo. El mundo avanzó sin mí. Vi nacer y crecer a todos los hijos de esa hermana mayor cuya casa sigo ocupando. He vivido sola y sonriente en medio de un gran tropel de sobrinos, en una espléndida barahúnda rodeada de desierto. He esperado pacientemente, a sabiendas de que no había ya nada que esperar. Sigo temiendo esa soledad que me vino al mismo tiempo que la vida, ese vacío que me socava, me desgasta por dentro, crece, progresa como el desierto y donde resuenan las voces muertas. Mi madre me convirtió en su tumba viviente. La llevo dentro de mí como ella me llevó a mí y sólo florecerá en mi vientre su aguja de hacer punto. Tengo que bajar a la fosa, allí donde el tiempo se enmaraña, se apelotona, donde descansan los hilos cortados. Esta mañana he abierto por fin la caja que cada una de mis hermanas abrió antes que yo y he hallado en ella un cuaderno grande, tinta y una pluma. Entonces he esperado de nuevo, he esperado la noche, he esperado la casa vacía y negra. He esperado a que sea por fin la hora de escribir. Me he sentado en la oscuridad de la cocina y he encendido el quinqué que está encima de la gran mesa de madera. Ha iluminado la armazón de las cacerolas, los trapos viejos, ha recalentado poco a poco los olores de la cena. Me he acomodado ante esa mesa, he abierto el cuaderno, alisando sus grandes páginas blancas, un poco rugosas, y han llegado las palabras. Esta noche ha prendido mi deseo de escribir. Aquí estoy ante la mesa, frente a mi escritura nocturna, y sé que esta escritura ennegrecerá el tiempo que me queda, que eclipsaré este gran sol de papel con el crujir de la pluma. Ha llegado la tinta cuando ya no me quedaban lágrimas. Nada hay ya que llorar. Nada que esperar más que este cuaderno. Nada que vivir más que estas noches de papel en una cocina desierta. He deslizado entre dos hojas el pedazo del chal que me echaba en los hombros cuando tenía enamorados. Se desprende el perfume de mi madre del nombre bordado. Tras todos estos años flota todavía en la trama del tejido. Era lo único que había conservado mi madre de la travesía, esa cicatriz en el perfume: el efluvio de los campos, de los olivos por las noches, de los naranjos en flor y de los narcisos que tapizaban la montaña de azúcar blanco. Fragancias de piedras, de tierra seca, de sal, de arena. En mi madre había tal amalgama de esencias... De niña, apenas me dejaba acercarme, viajaba clandestinamente por su cabello, intentando imaginar los lugares que contenían los mechones azules. Un perfume y el fulgor de una aguja de hacer punto en la continuidad de los dedos: eso retuvieron de ti. Ese olor impregnaba los tejidos que pasaban por tus manos. Las recién casadas conservaban tu perfume en el cuerpo hasta la mañana de su noche de bodas. Muy pronto corrió el rumor de que los tejidos de Frasquita Carrasco, la modista del barrio Marabout, actuaban en los hombres como filtros de amor. Mezclaste tu perfume con todas las lunas de miel de la comarca. Cientos de vestidos blancos inundaron, al caer, las cámaras nupciales de mirlos, de bandidos, de cuevas, de bosques, de arenas y de olas arrancadas a nuestro viaje. En tus tiempos, el mar batía contra la madera de las camas mientras los amantes zarandeados por la corriente dejaban nudos en sus sábanas como única estela. Me da la impresión de que todas provenimos de tu cuerpo de madera. De las ramas nacidas sólo de ti. A veces me gusta pensar que tus largas manos se limitaron a coger al vuelo unas semillas de diente de león y que mi padre no fue más que semilla al azar del viento, suave soplo en el hueco de tu mano. Necesito escribir para que desaparezcas, para que todo pueda fundirse en el desierto, para que durmamos por fin, inmóviles y serenos, sin temer perder de vista tu figura desgarrada por el viento, el sol y las piedras del camino. ¡Oh, madre, necesito traer de las profundidades un mundo sepultado para deslizar en él tu nombre, tu semblante, tu perfume, para perder en él la aguja de hacer punto y olvidar ese beso, tan esperado, que nunca me diste! Necesito matarte para lograr morir... por fin. Mi luminoso cuaderno será la gran ventana por donde escaparán uno a uno los monstruos que nos rondan. ¡Al desierto!

384 pgs. Precio Circulo: 17.50€

domingo, 6 de mayo de 2012

TRILOGÍA DE LA OCUPACIÓN (PATRICK MODIANO)

Las tres novelas que componen la Trilogía de la Ocupación forman una de las grandes obras de la literatura contemporánea. Una prosa turbadora que atrapa al lector y le sumerge en los años oscuros de la historia de París, una ciudad de supervivientes, de traición y de culpa.







Fragmento:


El lugar de la estrella I Era la época en que andaba dilapidando mi herencia venezolana. Había quien no hablaba más que de mi radiante juventud y de mis rizos negros; y había quien me colmaba de insultos. Vuelvo a leer por última vez el artículo que me dedicó Léon Rabatête en un número especial de Ici la France: «... ¿Hasta cuándo tendremos que presenciar los desatinos de Raphaël Schlemilovitch? ¿Hasta cuándo va a andar paseando ese judío impunemente sus neurosis y sus epilepsias desde Le Touquet hasta el cabo de Antibes y desde La Baule hasta Aix-les-Bains? Lo pregunto por última vez: ¿hasta cuándo la gentuza forastera como él va a seguir insultando a los hijos de Francia? ¿Hasta cuándo tendremos que estar lavándonos continuamente las manos por culpa de la mugre judía?...». En ese mismo periódico, el doctor Bardamu soltaba, al hablar de mí: «... ¿Schlemilovitch?... ¡Ah, qué moho de gueto más apestoso!..., ¡soponcio cagadero!... ¡Mequetrefe prepucio!..., ¡sinvergüenza libanoguanaco!..., rataplán... ¡Vlam!... Pero fíjense en ese gigoló yiddish..., ¡ese jodedor desenfrenado de niñas arias!..., ¡aborto infinitamente negroide!..., ¡ese abisinio frenético joven nabab!... ¡Socorro!..., ¡que le saquen las tripas..., que lo capen!... Ahorradle al doctor ese espectáculo..., ¡que lo crucifiquen, me cago en Dios!... Rastacuero de los cócteles infames..., ¡judiazo de los hoteles de lujo internacionales!..., ¡de las juergas made in Haifa!... ¡Cannes!... ¡Davos!... ¡Capri y tutti quanti!... ¡enormes burdeles de lo más hebreos!... ¡Que nos libren de ese petimetre circunciso!..., ¡de sus Maserati rosa asalmonado!..., ¡de sus yates al estilo de Tiberíades!... ¡De sus corbatas Sinaí!..., ¡que sus esclavas arias le arranquen el capullo!... con esos lindos dientecillos suyos de este país... y con esas manos suyas tan bonitas... ¡que le saquen los ojos!..., ¡abajo el califa!... ¡Motín en el harén cristiano!... ¡Pronto! Pronto... ¡Prohibido lamerle los testículos!... ¡y hacerle dengues a cambio de dólares!... ¡Liberaos!..., ¡a ver ese temple, Madelón!... ¡Que si no el doctor llorará!..., ¡se consumirá!..., ¡espantosa injusticia!... ¡Complot del Sanedrín!... ¡Quieren acabar con la vida del doctor!..., ¡creedme!..., ¡el Consistorio!..., ¡la banca Rothschild!... ¡Cahen de Amberes!... ¡Schlemilovitch!..., ¡ayudad a Bardamu, chiquillas!..., ¡socorro!...». El doctor no me perdonaba mi Bardamu desenmascarado, que le había enviado desde Capri. En ese estudio contaba yo mi maravillado estupor de judío joven cuando, a los catorce años, me leí de un tirón El viaje de Bardamu y Las infancias de Louis- Ferdinand. No silenciaba sus panfletos antisemitas, como hacen las piadosas almas cristianas. Escribía al respecto: «El doctor Bardamu dedica buena parte de su obra a la cuestión judía. No hay de qué extrañarse; el doctor Bardamu es uno de los nuestros, es el mejor escritor judío de todos los tiempos. Y por eso habla apasionadamente de sus hermanos de raza. En sus Obras puramente novelescas, el doctor Bardamu recuerda a nuestro hermano de raza Charlie Chaplin por su afición a los detallitos lastimeros, por sus conmovedores prototipos de perseguidos... Las frases del doctor Bardamu son aún más “judías” que las frases enrevesadas de Marcel Proust: una música tierna, lacrimosa, un poco buscona, un poco comedianta...». Y terminaba diciendo: «Sólo los judíos pueden entender de verdad a uno de los suyos; sólo un judío puede hablar con conocimiento de causa del doctor Bardamu». Por toda respuesta, el doctor me envió una carta insultante: según él, yo dirigía a golpe de orgías y de millones la conspiración judía mundial. Le hice llegar en el acto mi Psicoanálisis de Dreyfus en donde afirmaba sin andarme con paños calientes que el capitán era culpable: menuda originalidad por parte de un judío. Había desarrollado la siguiente tesis: Alfred Dreyfus sentía un amor apasionado por la Francia de San Luis, de Juana de Arco y de los chuanes, lo cual explicaba su vocación militar. Pero Francia no quería saber nada del judío Alfred Dreyfus. Así que él la traicionó, de la misma forma que se venga uno de una mujer desdeñosa que lleve espuelas con forma de flor de lis. Barrès, Zola y Déroulède no entendieron en absoluto ese amor no correspondido. Esta interpretación debió de dejar desconcertado al doctor. No volvió a darme señales de vida. Los elogios que me dedicaban los cronistas de sociedad ahogaban las vociferaciones de Rabatête y de Bardamu. La mayoría de ellos citaban a Valery Larbaud y a Scott Fitzgerald: me comparaban con Barnabooth, me apodaban «The Young Gatsby». En las fotografías de las revistas me sacaban siempre con la cabeza ladeada y la mirada perdida en el horizonte. Mi melancolía era proverbial en las columnas de la prensa del corazón. A los periodistas que me hacían preguntas delante del Carlton, del Normandy o del Miramar, les declaraba incansablemente mi condición de judío. Por lo demás, mis hechos y mis dichos contradecían esas virtudes que cultivan los franceses: la discreción, el ahorro y el trabajo. De mis antepasados orientales he sacado los ojos negros, el gusto por el exhibicionismo y por el lujo fastuoso y la incurable pereza. No soy hijo de este país. No he tenido esas abuelas que le preparan a uno mermeladas, ni retratos de familia, ni catequesis. Y, sin embargo, no dejo de soñar con las infancias de provincias. La mía está llena de ayas inglesas y transcurre monótonamente en playas falsas: en Deauville, Miss Evelyn me lleva de la mano. Mamá me da de lado por atender a unos cuantos jugadores de polo. Viene por las noches a darme un beso a la cama, pero a veces ni se molesta en venir. Entonces me quedo esperándola, y no hago caso ya ni a Miss Evelyn ni a las aventuras de David Copperfield. Todas las mañanas, Miss Evelyn me lleva al Poney Club, en donde me dan clases de equitación. Voy a ser el jugador de polo más famoso del mundo para darle gusto a mamá. Los niños franceses se saben todos los equipos de fútbol. A mí sólo me interesa el polo.Me repito estas palabras mágicas: «Laversine», «Cibao la Pampa», «Silver Leys», «Porfirio Rubirosa». En el Poney Club me hacen muchas fotos con la princesita Laila, mi novia. Por las tardes, Miss Evelyn nos compra paraguas de chocolate en la Marquise de Sévigné. Laila prefiere los pirulíes. Los de la Marquise de Sévigné son alargados y tienen un palito muy mono. A veces me escapo de Miss Evelyn cuando me lleva a la playa, pero sabe dónde encontrarme: con el exrey Firouz o con el barón Truffaldine, dos personas mayores que son amigas mías. El exrey Firouz me invita a sorbetes de pistacho mientras exclama: «¡Tan goloso como yo, Raphaël, hijito!». El barón Truffaldine siempre está solo y triste en el Bar du Soleil. Me acerco a su mesa y me quedo plantado delante de él. Este señor anciano me cuenta entonces historias interesantes cuyas protagonistas se llaman Cléo de Mérode, Otero, Émilienne d’Alençon, Liane de Pougy, Odette de Crécy. Deben de ser hadas, seguramente, como las de los cuentos de Andersen. Los demás accesorios que se acumulan en mi infancia son las sombrillas naranja de la playa, el Pré-Catelan, el colegio Hattemer, David Copperfield, la condesa de Ségur, el piso de mi madre en el muelle de Conti y tres fotos de Lipnitzki en donde estoy junto a un árbol de Navidad. Llegan los internados suizos y mis primeros flirteos en Lausana. El Duizenberg, que mi tío venezolano Vidal me regaló cuando cumplí dieciocho años, se desliza por el atardecer azul. Entro por una portalada, cruzo un parque que baja en cuesta hasta el lago Lemán y aparco el coche delante de la escalinata exterior de una villa iluminada. Unas cuantas jóvenes con vestidos claros me están esperando en el césped. Scott Fitzgerald describió mejor de lo que sabría hacerlo yo estos «parties» en que son demasiado suaves los crepúsculos y tienen demasiada viveza las carcajadas y el resplandor de las luces para que presagien nada bueno. Os recomiendo, pues, que leáis a ese escritor y os haréis una idea exacta de las fiestas de mi adolescencia. En el peor de los casos, leed Fermina Márquez de Larbaud. Aunque compartía las diversiones de mis compañeros cosmopolitas de Lausana, no me parecía del todo a ellos. Iba con frecuencia a Ginebra. En el silencio del Hotel des Bergues, leía a los bucólicos griegos y me esforzaba por traducir con elegancia La Eneida. En uno de esos retiros conocí a un joven aristócrata de Touraine, Jean-François Des Essarts. Teníamos la misma edad y su cultura me dejó estupefacto. Ya en nuestro primer encuentro me aconsejó, todas revueltas, la Délie de Maurice Scève, las comedias de Corneille y las Memorias del cardenal de Retz. Me inició en la gracia y la lítotes francesas. Descubrí en él virtudes valiosísimas: tacto, generosidad, una grandísima sensibilidad, una ironía incisiva. Recuerdo que Des Essarts comparaba nuestra amistad con la que unía a Robert de Saint-Loup y al narrador de En busca del tiempo perdido. «Es usted judío como el narrador –me decía–, y yo soy el primo de Noailles, de los Rochechouart-Mortemart y de los La Rochefoucauld, igual que Robert de Saint-Loup. No se asuste, la aristocracia francesa lleva un siglo sintiendo debilidad por los judíos. Le daré a leer unas cuantas páginas de Drumont en las que el buen hombre nos lo reprocha amargamente.» Decidí no volver a Lausana y renuncié sin remordimientos a mis compañeros cosmopolitas en favor de Des Essarts. Rebusqué en los bolsillos. Me quedaban cien dólares. Des Essarts no tenía un céntimo. Le aconsejé no obstante que dejase su empleo de cronista deportivo en La Gazette de Lausanne. Acababa de acordarme de que, durante un fin de semana inglés, unos cuantos compañeros me habían llevado a una mansión cerca de Bournemouth para enseñarme una colección de automóviles antiguos. Localicé el nombre del coleccionista, Lord Allahabad, y le vendí mi Duizenberg por catorce mil libras esterlinas. Con esa cantidad podíamos vivir holgadamente un año sin echar mano de los giros telegráficos de mi tío Vidal. Nos instalamos en el Hotel des Bergues. Conservo de aquellos primeros tiempos de nuestra amistad un recuerdo deslumbrador. Por la mañana, andábamos dando vueltas por las tiendas de los anticuarios de la parte antigua de Ginebra. Des Essarts me contagió su pasión por los bronces 1900. Compramos unos veinte, un estorbo en nuestras habitaciones, sobre todo una alegoría verdosa del Trabajo y dos preciosos corzos. Una tarde, Des Essarts me comunicó que había adquirido un futbolista de bronce. –Los esnobs parisinos no tardarán en pelearse por estos objetos y pagarán su peso en oro. ¡Se lo predigo, mi querido Raphaël! Si sólo dependiera de mí, el estilo Albert Lebrun volvería a estar a la orden del día. Le pregunté por qué se había ido de Francia. –El servicio militar –me explicó– no le resultaba conveniente a mi constitución delicada. Así que deserté. –Vamos a arreglar eso –le dije–; le prometo que encontraré en Ginebra algún artesano mañoso que le haga una documentación falsa: podrá regresar a Francia cuando quiera sin preocuparse de nada. El impresor falsario con quien entramos en contacto nos entregó una partida de nacimiento y un pasaporte suizos a nombre de Jean-François Lévy, nacido en Ginebra el 30 de julio de 194... –Ahora soy hermano suyo de raza –me dijo Des Essarts–. Esto de ser un goy (-cristiano-) me resultaba aburrido. Decidí en el acto enviar un comunicado anónimo a los periódicos parisinos de izquierdas. Lo redacté como sigue: «Desde el mes de noviembre pasado, soy reo de deserción, pero a las autoridades militares francesas les parece más prudente guardar silencio en lo que a mí se refiere. Les he hecho saber esto mismo que hago saber hoy en público. Soy JUDÍO y el ejército que desdeñó los servicios del capitán Dreyfus tendrá que prescindir de los míos.Me condenan porque no cumplo con mis obligaciones militares. Hace tiempo ese mismo tribunal condenó a Alfred Dreyfus porque él, un JUDÍO, había osado escoger la carrera de las armas. A la espera de que me aclaren esa contradicción, me niego a servir como soldado de segunda clase en un ejército que, hasta el día de hoy, no ha querido contar con un mariscal Dreyfus. Animo a los judíos jóvenes franceses a que hagan lo mismo que yo.» Firmé: jacob x. La Izquierda francesa se adueñó febrilmente del caso de conciencia de Jacob X, tal y como yo deseaba. Fue el tercer caso judío de Francia después del caso Dreyfus y del caso Finaly. Des Essarts se enganchó a este juego y redactamos juntos una magistral «Confesión de Jacob X» que salió publicada en un semanario parisino: a Jacob X lo había acogido una familia francesa cuyo anonimato deseaba amparar. La componían un coronel partidario de Pétain, su mujer, excantinera, y sus tres hijos varones: el mayor había optado por los cazadores alpinos; el segundo, por la marina; y al menor acababan de admitirlo en Saint-Cyr. Esa familia vivía en Paray-le-Monial, y Jacob X pasó la infancia a la sombra de la basílica. Los retratos de Gallieni, de Foch, de Joffre y la cruz militar del coronel X adornaban las paredes del salón. Por influencia de sus deudos, el joven Jacob X brindó un culto frenético al ejército francés: él también preparaba el ingreso en Saint-Cyr e iba a ser mariscal como Pétain. En el internado, el señor C., el profesor de historia, habló del caso Dreyfus. El señor C. ocupaba antes de la guerra un puesto importante en el Partido Popular Francés. Estaba al tanto de que el coronel X había denunciado a las autoridades alemanas a los padres de Jacob X y que la adopción del niño judío le había permitido salvar la vida por los pelos al llegar la Liberación. El señor C. despreciaba el petainismo beato y ñoño de los X: le alegró la idea de sembrar la discordia en esa familia. Al acabar la clase, le hizo una seña a Jacob X para que se acercase y le dijo al oído: «Estoy seguro de que el caso Dreyfus lo apena mucho. A un judío joven como usted lo afecta una injusticia así». Jacob X se entera, espantado, de que es judío. Se identificaba con el mariscal Foch y con el mariscal Pétain y cae en la cuenta, de repente, de que es como el capitán Dreyfus. No obstante no intenta recurrir a la traición para vengarse, como Dreyfus. Le llegan los papeles para el servicio militar y no ve más salida que desertar. Esta confesión introdujo la discordia entre los judíos franceses. Los sionistas aconsejaron a Jacob X que emigrase a Israel. Allí podría aspirar legítimamente al bastón de mariscal. Los judíos vergonzantes e integrados aseguraron que Jacob X era un agente provocador al servicio de los neonazis. La izquierda defendió apasionadamente al joven desertor. El artículo de Sartre «San Jacob X, comediante y mártir» puso en marcha la ofensiva. Quién no recuerda el párrafo más pertinente: «A partir de ahora querrá ser judío, pero judío con abyección. Bajo las miradas severas de Gallieni, de Joffre, de Foch, cuyos retratos están en la pared del salón, va a comportarse como un vulgar desertor, él, que lleva desde la infancia venerando al ejército francés, la gorra del compadre Bugeaud y las franciscas, ese emblema de Pétain. En pocas palabras, va a notar la vergüenza deliciosa de sentirse el Otro, es decir, el Mal». Circularon varios manifiestos que pedían el regreso triunfal de Jacob X. Hubo un mitin en La Mutualité. Sartre suplicó a Jacob X que renunciase al anonimato, pero el silencio obstinado del desertor desanimó las voluntades más fervientes. Almorzamos en Les Bergues. Por la tarde, Des Essarts escribe un libro sobre el cine ruso anterior a la Revolución. Y yo traduzco a los poetas alejandrinos. Hemos escogido el bar del hotel para entregarnos a esas nimiedades. Un hombre calvo con ojos como brasas se sienta regularmente en la mesa de al lado. Una tarde, nos dirige la palabra mientras nos mira fijamente. De pronto, se saca del bolsillo un pasaporte viejo y nos lo alarga. Leo, estupefacto, el nombre de Maurice Sachs. El alcohol le afloja la lengua. Nos cuenta sus desventuras desde 1945, fecha de su supuesta desaparición. Fue sucesivamente agente de la Gestapo, soldado norteamericano, tratante de ganado en Baviera, corredor de comercio en Amberes, encargado de un burdel en Barcelona, payaso en el circo de Milán con el apodo de Lola Montes. Se estableció por fin en Ginebra, donde regenta una librería pequeña. Bebemos hasta las tres de la mañana para celebrar el encuentro. A partir de ese día no nos separamos ya de Maurice ni a sol ni a sombra y le prometemos guardar el secreto de que ha sobrevivido. Nos pasamos el día sentados detrás de los montones de libros de su trastienda y oímos cómo resucita para nosotros el año 1925. Maurice recuerda, con voz que enronquece el alcohol, a Gide, a Cocteau, a Coco Chanel. El adolescente de los años locos no es ya sino un señor grueso que gesticula al acordarse de los Hispano-Suiza y del café Le Boeuf sur le Toit. –Soy mi superviviente desde 1945. Tendría que haberme muerto en el momento oportuno, como Drieu la Rochelle. Pero, claro, es que soy judío, y tengo el aguante de las ratas. Tomo nota de esta reflexión y al día siguiente le llevo a Maurice mi Drieu y Sachs: adónde conducen los caminos torcidos. Muestro en ese estudio cómo a dos jóvenes de 1925 los perdió su falta de carácter: Drieu, un joven alto que estudiaba Ciencias Políticas, un pequeñoburgués a quien tenían fascinado los coches descapotables, las corbatas inglesas, las muchachas americanas y que se hizo pasar por un héroe de 1914-1918; Sachs, un judío joven encantador y de costumbres poco claras, el producto de una guerra que empieza a oler a podrido. Alrededor de 1940, la tragedia cae sobre Europa. ¿Cómo van a reaccionar nuestros dos petimetres? Drieu se acuerda de que nació en Cotentin y se pasa cuatro años cantando el Horst Wessel Lied con voz de falsete. Para Sachs, París ocupado es un edén por el que se extravía frenéticamente. Ese París le aporta sensaciones más intensas que el París de 1925. Se puede traficar con oro, alquilar pisos para vender luego los muebles, cambiar diez kilos de mantequilla por un zafiro, convertir el zafiro en chatarra, etc. Con la noche y la niebla se ahorra uno tener que darle cuentas a nadie. Pero, sobre todo, ¡qué dicha comprarse la vida en el mercado negro, robar todos y cada uno de los latidos del corazón, sentirse la presa perseguida de una montería! Cuesta imaginarse a Sachs en la Resistencia, luchando con funcionarios franceses de poca monta para que vuelvan la ética, la legalidad y las actuaciones a la luz del día. Allá por 1943, cuando nota que lo amenazan la jauría y las ratoneras, se apunta como trabajador voluntario en Alemania y llega luego a miembro activo de la Gestapo. No quiero que Maurice se enfade: lo mato en 1945 y silencio sus reencarnaciones varias desde 1945 hasta el día de hoy. Concluyo como sigue: «¿Quién habría podido suponer que a aquel joven encantador de 1925 lo iban a devorar, veinte años después, unos perros en una llanura de Pomerania?». Tras leer mi estudio, Maurice me dice: –Queda muy bien, Schlemilovitch, ese paralelismo entre Drieu y yo, pero, vamos, preferiría un paralelismo entre Drieu y Brasillach. Ya sabe que, comparado con esos dos, yo sólo era un bromista. Escriba algo para mañana por la mañana, ande, y le diré lo que me parece. A Maurice le encanta aconsejar a un joven. Debe de acordarse seguramente de cuando iba a ver, con el corazón palpitante, a Gide y a Cocteau. Mi Drieu y Brasillach le gusta mucho. He intentado responder a la pregunta siguiente: ¿por qué fueron colaboracionistas Drieu y Brasillach? La primera parte del estudio se llama: «Pierre Drieu la Rochelle o la eterna pareja de SS y la judía». Había un tema que volvía con frecuencia en las novelas de Drieu: el tema de la judía. Gilles Drieu, ese altanero vikingo, no tenía inconveniente en chulear a las judías, a una tal Myriam por ejemplo. Podemos también explicar esa atracción por las judías de la siguiente forma: desde Walter Scott, es algo admitido que las judías son unas cortesanas afables que se doblegan ante todos los caprichos de sus amos y señores arios. Con las judías, Drieu conseguía la ilusión de ser un cruzado, un caballero teutónico. Hasta ahí no había nada original en mi análisis, pues todos los comentaristas de Drieu insisten en el tema de la judía en ese escritor. Pero ¿y el Drieu colaboracionista? No me cuesta nada explicarlo: a Drieu lo fascinaba la virilidad dórica. En junio de 1940 los arios auténticos, los guerreros auténticos irrumpen en París: Drieu da de lado a toda prisa el disfraz de vikingo que había alquilado para maltratar a las muchachas judías de Passy. Recobra su naturaleza auténtica: cuando lo miran los ojos de azul metalizado de los SS, se afloja, se derrite, le entra de pronto una languidez oriental. No tarda en desfallecer en brazos de los vencedores. Tras la derrota de éstos, se inmola. Tanta pasividad, un gusto tan grande por el nirvana extrañan en este normando.

360 pgs. Precio Círculo: 20.95€

PALMERAS EN LA NIEVE (LUZ GABÁS)

1953. Dos hermanos dejan su pequeña aldea del Pirineo con destino a la isla de Fernando Poo, en la antigua Guinea española. Allí trabajarán en un entorno salvaje, lejos de los códigos morales de su época. Pero uno de ellos tomará una decisión que dejará heridas ocultas en la historia familiar.
Booktrailer:



Fragmento:

Esta noche os amaréis con desesperación porque sabéis que va a ser la última noche que pasaréis juntos. Nunca más volveréis a veros. Nunca. No será posible. Os acariciaréis y os besaréis tan intensamente como solo lo pueden hacer dos personas angustiadas, intentando impregnarse mediante el sabor y el tacto de la esencia del otro. La intensa lluvia tropical golpea furiosa la barandilla verde del pasillo exterior que conduce a las habitaciones, ahogando el ruido de vuestros gemidos rabiosos. Los relámpagos intentan extenderse en el tiempo para vencer la oscuridad. «Déjame verte, tocarte, sentirte un minuto más...» En una esquina de la habitación, dos maletas de cuero desgastado. Descansando en el respaldo de una silla, una gabardina. Un armario vacío con las puertas entornadas. Un sombrero y una fotografía sobre la mesa. Ropa de color crudo por el suelo. Una cama convertida en nido de amor por la mosquitera que, colgada desde el techo, la rodea. Dos cuerpos agitándose en la penumbra. Eso será todo después de dieciocho años. Podrías haber desafiado al peligro y decidido quedarte. O podrías no haber ido nunca. Te habrías evitado la lluvia, la maldita lluvia que se empeña en enmarcar los momentos más tristes de tu vida. No sufrirías esta noche tan negra. Las gotas rebotan en los cristales de la ventana. Y ella... Podría no haberse fijado en ti cuando sabía que era mejor no hacerlo. No sufriría esta noche de claridad intermitente y cruel. La lluvia mansa y apacible se pega a los objetos y se desliza suavemente como las lágrimas, impregnando el ambiente de una contagiosa melancolía. La lluvia intensa de esta noche azota y recuerda amenazante que no se aferra a nadie, que ni la tierra la puede absorber, que muere en el mismo instante cruel en que golpea. Habéis disfrutado de muchas noches de amor calmado, tierno, sensual, místico. Habéis gozado del placer prohibido. Y también habéis sido libres para amaros a plena luz. Pero no habéis tenido suficiente. Esta noche sois una y mil gotas de tornado en cada embestida. ¡Hazle daño! ¡Arráncale la piel con tus uñas! ¡Muerde! ¡Lame! ¡Imprégnate de su olor! Por existir. Por haceros sufrir. Por no poder cambiar las circunstancias. Por la separación que habéis asumido. Por la maldita resignación. Toma su alma y dale tu semilla, aunque sabes que ya no germinará. «Me voy.» «Te vas.» «Pero te quedas mi corazón.» Para siempre. Suenan dos golpes secos y rápidos en la puerta, una pausa y luego otros dos. Son la señal convenida. José es puntual. Tienes que darte prisa o perderás el avión. No puedes darte prisa. No podéis despegaros el uno del otro. Solo queréis llorar. Cerrar los ojos y permanecer en ese estado indefinido de irrealidad. El tiempo destinado para vosotros ha concluido. No volverá. No hay nada que se pueda hacer. Ya lo habéis hablado. No habrá lágrimas; las cosas son como son. Quizá en otra época, en otro lugar... Pero vosotros no habéis decidido dónde nacer, a quién o a qué pertenecer. Solo habéis decidido amaros, a pesar de las dificultades. Aun sabiendo que tarde o temprano este día llegaría, tal como lo ha hecho, ejerciendo una prisa que impide una despedida a la luz del sol y niega la promesa de un pronto retorno. Esta vez el viaje es en una sola dirección. Te levantas de la cama y comienzas a vestirte. Ella permanece sentada con la espalda apoyada en la pared, los brazos abrazando las piernas, el mentón apoyado en las rodillas. Contempla tus movimientos un instante y cierra los ojos para grabar en su memoria cada detalle de tu cuerpo, de tus gestos, de tu pelo. Cuando terminas de vestirte, ella se levanta y camina hacia ti. Su único atuendo es un collar formado por una fina tira de cuero y dos conchas. Siempre ha llevado ese collar. Una de las conchas es un cauri, un pequeño caracolillo brillante del tamaño de una almendra. La otra es una pequeña concha de Achatina fosilizada. Se quita el collar y lo pasa alrededor de tu cuello. —Te darán buena suerte y prosperidad en tu camino. Rodeas con tus fuertes brazos su cintura y la atraes hacia ti, inhalando el olor de su cabello y de su piel. —Mi suerte se termina aquí y ahora. —No desesperes. Aunque no te vea ni te pueda tocar, dondequiera que estés formarás parte de mí. —Sus grandes ojos, aunque apesadumbrados, transmiten una gran seguridad y firmeza. Quiere creer que ni la muerte podrá separaros, que habrá un lugar donde volveréis a juntaros, sin tiempo, sin prisas, sin prohibiciones. Posas tus dedos sobre las conchas del collar. El cauri es suave como su piel y brillante como sus dientes. La ranura parece una vulva perfecta, puerta de entrada y salida de la vida. —¿Podrá una pequeña Achatina librarme también de los demonios de fuertes pezuñas? Ella sonríe al recordar la primera vez que estuvisteis juntos. —Eres fuerte como una ceiba y flexible como una palmera real. Resistirás los golpes del viento sin quebrarte, con las raíces aferradas a la tierra y las hojas perennes hacia el cielo. De nuevo dos golpes secos y rápidos en la puerta, una pausa breve y otros dos golpes. Una voz intenta dejarse oír de forma discreta sobre la tormenta. —Te lo ruego. Es muy tarde. Debemos irnos. —Ya voy, Ösé. Un minuto. Un minuto y adiós. Un minuto que pide otro, y luego otro. Ella se dispone a vestirse. Tú se lo impides. «Quédate así, desnuda. Déjame verte, por favor...» Ahora no tiene ni el collar para protegerse. ¿Y tú no tienes nada para ella? Sobre la mesa, el sombrero que nunca más necesitarás y la única foto que tenéis de los dos juntos. Coges una de las maletas, la colocas sobre la mesa, la abres y extraes unas tijeras de una bolsa de tela. Doblas la fotografía marcando con las uñas la línea que separa tu imagen de la de ella y la cortas. Le entregas el fragmento en el que apareces apoyado en un camión del patio. —Toma. Recuérdame tal como soy ahora, de la misma manera que yo te recordaré a ti. Miras la otra parte en la que aparece ella, sonriente, antes de introducirla en el bolsillo de tu camisa. —¡Siento en el alma no poder...! —Un sollozo te impide continuar. —Todo irá bien —miente ella. Miente porque sabe que sufrirá cada vez que cruce el patio, o entre en el comedor, o pose su mano sobre la barandilla blanca de la elegante escalera. Sufrirá cada vez que alguien pronuncie el nombre del país adonde marchas. Sufrirá cada vez que oiga el ruido del motor de un avión. Padecerá cada vez que llueva como esta noche. «Todo irá bien...» La estrechas entre tus brazos y sientes que a partir de ahora ya nada irá bien. En unos segundos, cogerás tus maletas y tu gabardina. La besarás de nuevo con pasión. Caminarás hacia la puerta. Escucharás su voz y te detendrás. —¡Espera! Olvidas tu sombrero. —Donde voy no lo necesitaré. —Pero te recordará lo que fuiste durante muchos años. —No lo quiero. Guárdalo tú. Recuerda lo que he sido para ti. Te acercarás y la besarás por fin con la ternura cálida, densa y perezosa de un último beso. La mirarás a los ojos por un instante. Cerraréis los párpados y apretaréis los dientes para evitar el llanto. Os acariciaréis la mejilla suavemente. Abrirás la puerta y se cerrará tras de ti con un leve sonido que te parecerá el impacto de un disparo. Ella apoyará la cabeza en la puerta y entonces llorará amargamente. Tú saldrás a la noche y te fundirás con la tormenta, que en ningún momento querrá amainar. —Gracias, Ösé. Gracias por tu compañía todos estos años. Son las primeras palabras que pronuncias desde que salieras de la habitación en dirección al aeropuerto. Te suenan extrañas, como si tú no las estuvieras pronunciando. Todo te resulta desconocido: la carretera, los edificios, la terminal prefabricada en metal, los hombres que se cruzan contigo. Nada es real. —No hay de qué —te responde José, afligido, colocando una mano en tu hombro. Las lágrimas brillan en los ojos rodeados de arrugas de este hombre que ha sido como un padre para ti en este lugar, al principio extraño. El paso del tiempo se hace más evidente en su dentadura. Cuando tu padre os hablaba de José en sus cartas, o cuando te contaba historias al lado del fuego en las veladas de invierno, siempre repetía que no había visto unos dientes tan blancos y perfectos en ningún hombre. De eso hace ya una eternidad. Apenas queda ya nada. Tampoco volverás a ver a José. El olor, el verde embriagador de la generosa naturaleza, el sonido solemne de los cantos profundos, la algarabía de las celebraciones, la nobleza de los amigos como José y el calor permanente sobre la piel comenzarán a serte ajenos. Ya no formarás parte de todo esto. En el mismo momento en que subas a ese avión, volverás a ser un öpottò, un extranjero. —Querido Ösé..., quiero pedirte un último favor. —Lo que tú digas. —Cuando te vaya bien, alguna vez, si puedes, me gustaría que llevaras unas flores a la tumba de mi padre. Se queda muy solo en esta tierra. Qué tristeza produce pensar que tus restos descansan en un lugar olvidado, que no habrá nadie que te dedique unos minutos frente a tu tumba. —Antón tendrá flores frescas en su tumba mientras yo viva. —Tènki, mi fren. «Gracias, mi amigo. Por sacarme de apuros. Por ayudarme a comprender este mundo tan diferente al mío. Por enseñarme a quererlo. Por saber ver más allá del dinero que me trajo aquí. Por no juzgarme... » —Mi hat no gud, Ösé. —Yu hat e stron, mi fren. «My heart is not good. Your heart is strong, my friend.» Tu corazón no está bien, pero tu corazón es fuerte. Resistirá todo lo que venga. Resistirás, sí. Pero no olvidarás que durante años empleaste cuatro lenguas que ahora te resultan insuficientes para describir lo que sientes: que «tu hat no gud». El avión espera en la pista. Adiós, vitémá, hombre de gran corazón. Cuídate mucho. «Tek kea, mi fren.» Estrecha mi mano. «Shek mi jan.» «Take care. Shake my hand.» Te dejarás arrastrar por las nubes durante miles de kilómetros y tomarás tierra en Madrid, donde cogerás un tren a Zaragoza. Luego te subirás a un autobús y, en poco tiempo, te reencontrarás con los tuyos. Todas las horas del viaje te resultarán escasas para despegarte de los últimos años, que habrán sido los mejores de tu vida. Y ese hecho, el reconocer que los mejores años de tu existencia pasaron en tierras lejanas, será un secreto que guardarás en lo más profundo de tu corazón. No puedes saber que tu secreto verá la luz dentro de más de treinta años. No puedes saber que algún día las dos partes de la imagen tan cruelmente separadas volverán a juntarse. Todavía no existe Clarence. Ni tu otra Daniela. A medida que el avión gane altura verás por la ventanilla cómo se va empequeñeciendo la isla. Todo el verde del mundo que una vez invadió tu ser se irá convirtiendo en una leve mancha en el horizonte hasta que desaparezca. En el avión viajarán contigo otras personas. Todas permaneceréis en silencio. Todas os llevaréis vuestras historias. El silencio se podrá traducir en unas pocas palabras, insuficientes para explicar la opresión en el pecho: —Ö má we è, etúlá. Adiós, vuestra querida isla en el mar. I EL MES MÁS CRUEL PASOLOBINO, 2003 Unas pocas líneas hicieron que Clarence sintiera primero una gran curiosidad y después una creciente inquietud. En sus manos sostenía un pequeño pedazo de papel que se había adherido a uno de los muchos sobres casi transparentes, ribeteados de azul y rojo, en los que se enviaban las cartas por avión y por barco hacía décadas. El papel de las cartas era fino, para que pesase menos y el importe del envío fuese más barato. Como consecuencia, en ligeras y pequeñas pilas de papel se acumulaban retazos de vidas apretadas en palabras que pugnaban por no salirse de los inexistentes márgenes. Clarence leyó por enésima vez el trozo de papel escrito con caligrafía diferente a la de las cartas extendidas sobre la mesa del salón: ... yo ya no regresaré a F.º P.º, así que, si te parece, volveré a recurrir a los amigos de Ureka para que puedas seguir enviando tu dinero. Ella está bien, es muy fuerte, ha tenido que serlo, aunque echa en falta al bueno de su padre, que, lamento decirte, porque sé cuánto lo sentirás, falleció hace unos meses. Y tranquilo, que sus hijos también están bien, el mayor, trabajando, y el otro, aprovechando los estudios. Si vieras qué diferente está todo de cuando... Eso era todo. Ni una fecha. Ni un nombre. ¿A quién iba dirigida esa carta? El destinatario no podía pertenecer a la generación del abuelo porque la textura del papel, la tinta, el estilo y la caligrafía parecían más actuales. Por otro lado, la carta iba dirigida a un hombre, tal como dejaba claro el uso del adjetivo tranquilo, lo cual reducía el círculo a su padre, Jacobo, y a su tío Kilian. Por último, el papel había aparecido junto a una de las pocas cartas escritas por su padre. Qué extraño... ¿Por qué no se había conservado el texto completo? Se imaginó a Jacobo guardando la misiva para luego arrepentirse y decidir sacarla nuevamente sin percatarse de que un pedazo se rasgaba en el proceso. ¿Por qué habría hecho eso su padre? ¿Tan comprometedora era la información que allí aparecía? Clarence levantó la vista del papel con expresión de aturdimiento, lo dejó sobre la gran mesa de nogal situada tras un sofá chester de cuero negro, y se frotó los doloridos ojos. Llevaba más de cinco horas leyendo sin parar. Suspiró y se levantó para arrojar otro trozo de leña al fuego. La madera de fresno comenzó a chisporrotear al ser acogida por las llamas. La primavera estaba siendo más húmeda de lo normal y el hecho de haber permanecido sentada tanto tiempo hacía que sintiese más frío. Estuvo unos segundos de pie con las manos extendidas hacia el hogar, se frotó los antebrazos y se apoyó en la repisa de la chimenea, sobre la que colgaba un trumeau rectangular de madera con una guirnalda tallada en la parte superior. El espejo le ofreció la imagen cansada de una joven con cercos oscuros bajo sus ojos verdes y mechones rebeldes de cabello castaño, que se habían soltado de la gruesa trenza, enmarcando un rostro ovalado en cuya frente la preocupación había dibujado pequeñas arrugas. ¿Por qué se había alarmado tanto al leer esas líneas? Sacudió la cabeza como si un escalofrío le recorriera el cuerpo, se dirigió de nuevo hacia la mesa y se sentó. Había clasificado las cartas por autor y por orden cronológico, comenzando por las del año 1953, fecha en la que Kilian había escrito puntualmente cada quince días. El contenido casaba a la perfección con la personalidad de su tío: las cartas eran extremadamente detallistas en sus descripciones de la vida diaria, de su trabajo, del entorno y del clima. Contaba todo con pelos y señales a su madre y a su hermana. De su padre había menos cartas; en muchas ocasiones se limitaba a añadir tres o cuatro líneas a lo escrito por su hermano. Por último, las cartas del abuelo Antón eran escasas y cortas y estaban llenas de las formalidades típicas de los años treinta y cuarenta del siglo xx, informando de que, a Dios gracias, estaba bien, deseando que todos estuvieran bien, también, y agradeciendo a quienes ayudaran entonces —algún familiar o vecino— en Casa Rabaltué su generosidad por hacerse cargo de una u otra cosa. Clarence se alegró de que no hubiera nadie en casa. Su prima Daniela y su tío Kilian habían bajado a la ciudad para una revisión médica de este y sus padres no subirían hasta dentro de quince días. No podía evitar sentirse un poco culpable por lo que había hecho: leer las intimidades de aquellos que todavía vivían. Le resultaba muy extraño fisgar en lo que su padre y su tío habían escrito hacía décadas. Era algo que se solía hacer al ordenar los papeles de quienes habían fallecido. Y, de hecho, no le producía la misma extrañeza leer las cartas del abuelo, a quien ni siquiera había conocido, que las de Jacobo y Kilian. Ya sabía muchas de las anécdotas que acababa de leer, sí. Pero narradas en primera persona, con la letra inclinada y temblorosa de quien no está acostumbrado a la escritura, e impregnadas de una emoción contenida que intentaba ocultar de manera infructuosa unos más que evidentes sentimientos de añoranza, le habían provocado una mezcla de intensas emociones, hasta tal punto que en más de una ocasión se le habían llenado los ojos de lágrimas. Recordaba haber abierto el armario oscuro del fondo del salón cuando era más joven y haber rozado las cartas con sus manos mientras se entretenía y curioseaba por entre aquellos documentos que le permitían diseñar la imagen de lo que había sido la centenaria Casa Rabaltué: recortes de prensa amarillos por el tiempo; folletos de viajes y contratos de trabajo; antiguos cuadernos de compraventa de ganado y arriendo de fincas; listados de ovejas esquiladas y corderos vivos y muertos; recordatorios de bautizos y funerales; felicitaciones navideñas con trazo inseguro y tinta borrosa; invitaciones y menús de boda; fotos de bisabuelos, abuelos, tíos abuelos, primos y padres; escrituras de propiedad desde el siglo XVII, y documentos de permuta de terrenos por parcelas edificables entre la estación de esquí y los herederos de la casa. No se le había ocurrido prestar atención a las cartas personales por la sencilla razón de que, hasta entonces, le habían bastado los relatos de Kilian y Jacobo. Pero claro, eso era porque todavía no había asistido a un congreso en el que, por culpa de las palabras de unos conferenciantes africanos, unas sensaciones desconocidas e inquietantes para ella —hija, nieta y sobrina de coloniales—habían comenzado a anidar en su corazón. Desde aquel momento, se había despertado en ella un interés especial por todo aquello que tuviera que ver con la vida de los hombres de su casa. Recordó la repentina urgencia que le había entrado por subir al pueblo y abrir el armario, y la impaciencia que se iba apoderando de ella mientras sus obligaciones laborales en la universidad se empeñaban en retenerla contra su voluntad. Afortunadamente, había podido liberarse de todo en un tiempo récord, y la inusual circunstancia de que no hubiese nadie en la casa le había proporcionado la ocasión de leer los escritos una y otra vez con absoluta tranquilidad. Se preguntó si alguien más habría abierto el armario en los últimos años; si su madre, Carmen, o su prima, Daniela, habrían sucumbido también a la tentación de hurgar en el pasado, o si su padre y su tío habrían sentido alguna vez el deseo de reconocerse en las líneas de su juventud. Rápidamente desechó la idea. A diferencia de ella, a Daniela las cosas viejas le gustaban lo justo para admitir que le agradaba el aspecto antiguo de su casa de piedra y pizarra y sus muebles oscuros, sin más. Carmen no había nacido en ese lugar ni en esa casa, y nunca la había llegado a sentir como suya. Su misión, sobre todo desde la muerte de la madre de Daniela, era que la casa se conservase limpia y ordenada, que la despensa estuviera siempre llena, y que cualquier excusa sirviera para organizar una celebración. Le encantaba pasar largas temporadas allí, pero agradecía tener otro lugar de residencia habitual que sí era completamente suyo. Y en cuanto a Jacobo y a Kilian, se parecían a todos los hombres de la montaña que había conocido: eran reservados hasta extremos enervantes y muy celosos de su intimidad. Resultaba sorprendente que ninguno de los dos hubiera decidido destruir todas las cartas, al igual que ella había hecho con los diarios de su adolescencia, como si con ese acto de destrucción se pudiera borrar lo sucedido. Clarence sopesó varias posibilidades. Quizá eran conscientes de que no había realmente nada en ellas, aparte de unos fuertes sentimientos de nostalgia, que las convirtiera en candidatas al fuego. O tal vez hubieran conseguido olvidar lo allí narrado —cosa que dudaba, dada la tendencia de ambos a hablar continuamente de su isla favorita— o, simplemente, se habían olvidado de su existencia, como suele pasar con los objetos que uno va acumulando a lo largo de su vida. Fueran cuales fueran las razones por las que esas cartas se habían conservado, tendría que averiguar lo sucedido —si es que había sucedido algo— precisamente por lo no escrito, por los interrogantes que le planteaba ese pequeño pedazo de papel que reposaba en sus manos y que pretendía alterar la aparentemente tranquila vida de la casa de Pasolobino. Sin levantarse de la silla, extendió el brazo hacia una mesita sobre la que reposaba una pequeña arca, abrió uno de sus cajoncitos y extrajo una lupa para observar con mayor detenimiento los bordes del papel. En el extremo inferior derecho se podía apreciar un pequeño trazo de lo que parecía un número: una línea vertical cruzada por un guion. Luego... el número bien podría ser un siete. Un siete. Tamborileó con los dedos sobre la mesa. Un número de página resultaba improbable. Tal vez una fecha: 1947, 1957, 1967. Hasta lo que había podido averiguar, ninguna de las tres encajaba con los hechos descritos en las cartas que configuraban el emotivo legado de la vida colonial de unos españoles en una plantación de cacao. En realidad, nada le había llamado tanto la atención como esas líneas en las que un tercer personaje, desconocido para ella, decía que no regresaría con la misma frecuencia, que alguien enviaba dinero desde Casa Rabaltué, que tres personas a quienes el destinatario de la misiva —¿Jacobo?— conocía estaban bien, y que un ser querido había fallecido. ¿A quién podía enviarle dinero su padre? ¿Por qué habría de preocuparle que alguien de allí estuviera bien o, más concretamente, que le fuera bien en los estudios o en el trabajo? ¿Quién sería esa persona cuyo fallecimiento habría sentido tanto? Los amigos de Ureka, decía la nota... No había oído nunca el nombre de ese lugar, si es que era un lugar... ¿Tal vez una persona? Y lo más importante de todo: ¿quién era ella? Clarence había escuchado cientos de historias de la vida de los hombres de Casa Rabaltué en tierras lejanas. Se las sabía de memoria porque cualquier excusa era buena para que Jacobo y Kilian hablasen de su paraíso perdido. La que ella creía que era la historia oficial de los hombres de su casa adoptaba siempre la forma de leyenda que comenzaba hacía décadas en un pequeño pueblo del Pirineo, continuaba en una pequeña isla de África y terminaba de nuevo en la montaña. Hasta ese momento, en que unos interrogantes surgían de la lectura de un pequeño pedazo de papel para aumentar su curiosidad, a Clarence ni se le había pasado por la cabeza que pudiera haber sido al revés: que hubiera comenzado en una pequeña isla de África, que hubiera continuado en un pequeño pueblo del Pirineo y que hubiera terminado de nuevo en el mar. No, si ahora iba a resultar que se habían olvidado de contarle cosas importantes... Clarence, presa de la tentación de dejarse llevar por pensamientos novelescos, frunció el ceño mientras repasaba mentalmente las personas de las que hablaban Jacobo y Kilian en sus narraciones. Casi todas tenían que ver con su entorno más cercano, lo cual no era de extrañar, pues el iniciador de esa exótica aventura había sido un joven aventurero del valle de Pasolobino que había zarpado a tierras desconocidas a finales del siglo XIX, en fechas cercanas a los nacimientos de los abuelos, Antón y Mariana. El joven había amanecido en una isla del océano Atlántico situada en la entonces conocida como bahía de Biafra. En pocos años había amasado una pequeña fortuna y se había hecho propietario de una fértil plantación de cacao que se exportaba a todo el mundo. Lejos de allí, en las montañas del Pirineo, hombres solteros y matrimonios jóvenes decidieron ir a trabajar a la plantación de su antiguo vecino y a la ciudad cercana a la plantación. Cambiaron verdes pastos por palmeras. Clarence sonrió al imaginarse a esos hombres rudos y cerrados de la montaña, de carácter taciturno y serio, poco expresivos y acostumbrados a una gama cromática limitada al blanco de la nieve, al verde de los pastos y al gris de las piedras, descubriendo los colores llamativos del trópico, las oscuras pieles de los cuerpos semidesnudos, las construcciones livianas y la caricia de la brisa del mar. Realmente todavía le seguía sorprendiendo imaginar a Jacobo y a Kilian como a los protagonistas de cualquiera de los muchos libros o películas sobre las colonias en los que se representaba el contexto colonial según los ojos del europeo; en este caso, desde la perspectiva de sus propios familiares. Su versión era la única que conocía. Clara e incuestionable. La vida diaria en las plantaciones de cacao, las relaciones con los nativos, la comida, las ardillas voladoras, las serpientes, los monos, las grandes lagartijas de colores y el jenjén; las fiestas de los domingos, el tam-tam de las tumbas y dromas... Eso era lo que les contaban. Lo mismo que aparecía escrito en las primeras cartas del tío Kilian. ¡Cuánto trabajaban! ¡Qué dura era la vida allí! Incuestionable. ... Sus hijos también están bien... La fecha tendría que ser 1977, o 1987, o 1997... ¿Quién podría aclararle el significado de esas líneas? Pensó en Kilian y Jacobo, pero rápidamente tuvo que admitir que le daría mucha vergüenza reconocer que había leído todas las cartas. Alguna vez la curiosidad le había hecho plantear preguntas atrevidas en alguna cena familiar en la que surgiera el tema del pasado colonial, pero ambos habían desarrollado una oportuna habilidad para desviar las conversaciones hacia los asuntos generales e inocentes que a ellos les satisfacían más. Entrar a saco con una pregunta relacionada directamente con esas líneas y esperar una respuesta clara, sincera y directa era mucho esperar. Encendió un cigarrillo, se levantó y se dirigió hacia la ventana. La abrió un poco para que el humo saliera y respiró el aire fresco de ese día lluvioso que humedecía levemente la pizarra oscura de los tejados de las casas de piedra que se apretaban bajo las ventanas de su casa. El alargado casco antiguo de Pasolobino todavía conservaba un aspecto similar al de las fotografías en blanco y negro de principios del siglo XX, aunque la mayoría de las casi cien casas habían sido rehabilitadas y en las calles se había sustituido el empedrado por el enlosado. Fuera de los límites del pueblo, cuyo origen se remontaba al siglo XI, se extendían las urbanizaciones de bloques de apartamentos turísticos y hoteles que la estación de esquí había traído consigo. Dirigió la mirada hacia las cumbres nevadas, hacia la frontera donde terminaban los abetos y comenzaba la roca, oculta aún por el manto blanco. El baile de las brumas ante las cimas ofrecía un panorama precioso. ¿Cómo podían haber resistido tantos años los hombres de su familia lejos de esas magníficas montañas, del olor matinal de la tierra húmeda y el silencio apaciguador de la noche? Algo atrayente tenía que haber en ese esplendor que se desplegaba ante sus ojos cuando todos los que habían viajado a la isla habían terminado por regresar antes o después... Entonces, de repente, le vino a la mente la imagen de la persona a quien preguntar. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¡Julia! ¡Nadie como ella para resolver sus dudas! Cumplía todos los requisitos: había estado presente en momentos del pasado de su familia; había vivido en la isla en esas fechas; compartía el tono de la añoranza por el esplendor perdido y la seducción de lo exótico de las narraciones de Jacobo y Kilian; y siempre estaba dispuesta para una larga conversación con Clarence, a quien trataba con un afecto casi maternal desde que era pequeña, quizá porque solo había tenido hijos varones. Se giró rápidamente buscando un cenicero y apagó el cigarrillo antes de salir del salón y dirigirse a su despacho para llamar a Julia por teléfono. Al cruzar por el gran vestíbulo que servía de distribuidor hacia las diferentes estancias de la casa, y por el que también se accedía a las escaleras que conducían a los dormitorios de la planta superior, no pudo evitar detenerse ante el enorme cuadro que lucía sobre una gran arca de madera tallada a mano con el primor de los artesanos del siglo XVII, una de las pocas joyas de mobiliario que había sobrevivido al paso de los años para recordar la nobleza perdida de su casa. El cuadro mostraba el árbol genealógico de su familia paterna. El primer nombre que se podía leer en la parte inferior y que databa de 1395, Kilian de Rabaltué, seguía intrigando a Clarence.Que el nombre de un santo irlandés que había recorrido Francia para terminar en Alemania fuera el nombre del fundador de su casa era un misterio que nadie de la familia podía explicar. Probablemente ese Kilian cruzara de Francia a Pasolobino por los Pirineos y él, su gen viajero y los reflejos cobrizos de su cabello se establecieran allí. A partir de esas tres palabras, aparecía dibujado un largo tronco que se extendía verticalmente hacia arriba, del cual salían las ramas horizontales con las hojas en las que aparecían escritos los nombres de los hermanos y hermanas con sus esposas y esposos y los descendientes de las siguientes generaciones.

720 pgs. Precio Círculo: 20.50€

PASAJERO K (ADOLFO GARCÍA ORTEGA)

En esta novela hay trenes nocturnos y crímenes de guerra, identidades perdidas y suspense hitchcockiano, genocidas y actores como Sterling Hayden. Mientras alguien sigue sus pasos, un cineasta maduro y una joven reportera viajan en busca de respuestas que darán sentido a sus vidas. 

Recomendación de la escritora Inma Chacón


Fragmento:



PRÓLOGO
Lleva unas grandes gafas de aumento tintadas de un color caramelo oscuro. Ve elmundo de ese color. Ese color lo protege.

Es un hombre alto, grande, no demasiado grueso, pero ocupa casi la mitad del asiento contiguo, que está vacío. Encima de él ha puesto su llamativo sombrero panamá y un maletín abombado. Con ese maletín parece un médico rural apacible y fiable, sentencioso. Al otro lado del pasillo, en la ventana opuesta, una mujer mira hacia el paisaje después de haberle hecho un gesto de saludo convencional que él ha devuelto muy amable. Hoy puede contarse con los dedos de las manos el número de pasajeros que lleva el autobús, incluso es la vez que menos pasajeros ha visto él en esta ruta, que frecuenta. Vuelve a pensar si eso no será también intencionado, pero lo desecha enseguida. Sin embargo, es un hombre acostumbrado a estar alerta. Desconfía por instinto. Tiene motivos. Mejor despejarse de ese sueñecito. Por eso se frota los ojos bajo las gafas.

De pronto, un coche negro se pone delante del autobús obligándolo a reducir la velocidad. Un poco antes, el conductor ha visto que desde ese mismo coche le advertían con la mano que aminorase la marcha. Dragan Dabic mira por la ventana sobre la que ha corrido la cortinilla por el sol. Hay otro coche granate metalizado circulando en paralelo a ese flanco del autobús. Le parece extraño que no lo adelante. Alza el cuello hacia el lado contrario y ve, para su sorpresa, el capó de un tercer coche, este de color blanco, aunque el torso de la pasajera le obstaculiza demasiado la visión. ¿Están rodeados?

El conductor del autobús frena casi en seco, provocando un justificado sobresalto entre los pasajeros. Finalmente, abre las puertas automáticas, quizá porque desde uno de los coches alguno de los hombres se lo ha ordenado con gestos imperativos. Dos individuos bajan de los coches y suben rápidamente por la puerta delantera; otros dos más lo hacen por la puerta trasera. Dando pocas y largas zancadas llegan a la altura del asiento del hombre de la barba gris, que titubea, asido a la barra del asiento, como si fuera a tomar impulso y tal vez saltar, si la situación lo requiere. Se enciende su sexto sentido de hombre alerta.Le preguntan cómo se llama. Él dice su nombre pausadamente mientras se quita las gafas de sol caramelo oscuro.Se identifica como croata, pretende mostrar su pasaporte, no obstante se azora para hacerlo. Pero apenas tiene tiempo de reaccionar. Por detrás, uno de los hombres le coloca inesperadamente un saco de tela negra en la cabeza mientras otros dos le sujetan los brazos y las piernas; el cuarto lo agarra por el cuello para inmovilizarlo del todo. A continuación, sin soltarlo, lo empujan boca abajo en el suelo del autobús con violencia. Él percibe, y así insistirá más tarde al tener que relatarlo, que el hecho se lleva a cabo con violencia. Su mejilla y su frente se manchan de barro porque cayó una breve lluvia de verano una hora antes y el calzado de aquellos hombres todavía está húmedo y sucio. Los demás pasajeros se apartan hasta el fondo y descienden del autobús, pero son retenidos en el arcén contrario, donde, bajo una marquesina, hay un letrero que indica la línea discrecional Novi Beograd-Batajnica. Ahora, según otro indicador contiguo pero menos moderno, están en las inmediaciones de Vracar, cerca aún de Belgrado.Crecen aisladas las protestas de los pasajeros, se percibe una incomodidad asustada porque no saben qué sucede. El hombre que por sorpresa le ha puesto a Dragan Dabic el saco de tela negra en la cabeza pide calma, aunque en realidad lo que exige es silencio con un gesto abrupto. Se produce una súbita contención general cuando marca solo dos teclas en su móvil. A los pocos segundos todo el mundo oye las palabras que pronuncia: «Es él. Lo tenemos».

Con la expresión de cejas arqueadas parece decir que sabía lo que iba a suceder, pero que hace tiempo había decidido quedarse al margen, dejarse llevar. Es la mirada de un fatalista. No va con él todo eso que está empezando a suceder, a lo sumo compete al hombre que hay debajo de esa barba y de esa apariencia, se dice. Sin embargo, no puede abandonar un aire desafiante al alzar el mentón. Más que nunca en todos esos años está asumiendo que todo él es un disfraz; no ya un hombre disfrazado, sino un disfraz extravagante en busca de una identidad que ocultar, la de un hombre perdido, durante tantos años, muy dentro, muy dentro de ese cuerpo nuevo. Irreconocible. Las grandes gafas de aumento incrementan ese desconcierto entre los agentes policiales; nadie en el BIA habría imaginado que necesitase esas gruesas lentes ni que adoptase la forma de una especie de brujo populista. Lo observan fríamente puestos en fila detrás del fotógrafo, observan al «carnicero de Sarajevo» posar con una elegancia profesional. Es un hombre camuflado que alguna vez, de eso no hay duda, había ensayado ese momento en que sería mostrado en público. Sin embargo, esas fotos no se publicarán hasta unos días más tarde. Acabada la sesión fotográfica, vuelven a meterlo en un coche, a encapucharlo de nuevo y a llevarlo a un paradero desconocido.

Su nombre, según los documentos de identidad falsos que lleva encima, es Dragan Dabic. Hay cuatro Dragan Dabic en el cementerio de Belgrado, según comprobaría el BIA, dos hombres fallecidos con más de ochenta años y otros dos con apenas unos pocos años de vida. En realidad lleva pasaporte croata, con el que pudo visitar otros países y otras ciudades, en concreto Austria, ya que en Viena, y por varias veces en 2007, impartió unos cursos en un centro naturópata.

¿Cómo dieron con su pista? ¿Quién lo ha delatado? ¿Por qué han elegido ese momento, en ese autobús de la línea Novi Beograd-Batajnica, a las afueras de Belgrado? ¿Por qué le ponen esa capucha o saco negro en la cabeza cuando lo detienen? ¿Para que no sepa dónde lo llevan? ¿Hasta cuándo su existencia seguirá siendo un secreto?

Esas fueron las primeras protestas que esgrimiría en cuanto tuvo ocasión de estar ante la prensa y ante los jueces. Era obvio para él que no querían que nadie supiera dónde iba a pasar los primeros días después de su detención. Por otra parte, nadie debía saberlo, por si al final no había que dejar ningún rastro incómodo para la policía. Antes de dar la noticia, el BIA había decidido interrogarlo por su cuenta, tranquilamente, para ver hasta dónde se podía llegar con él, hasta dónde convenía decir que se le había hallado con vida, incluso averiguar si no habría sido más conveniente decir tan solo que había sido hallado su cadáver. Todo dependía de lo que ese hombre fuese a contarle al mundo. Algún alto cargo en el BIA, o directamente en el Gobierno, había decidido invocar un pretendido derecho de censura previa. Se guardaban así un as en la manga, o mejor dicho una bala en la recámara: la que le habrían metido a ese individuo llamado Dragan Dabic si lo que pensaba contar ante el Tribunal no fuese lo adecuado. Había que averiguarlo antes. Nunca se sabe qué historia puede ocultar el hombre que en realidad era Dabic, ese Radovan Karadzic que hasta entonces, y desde hacía trece años, era el rostro más buscado en Europa.

Sin embargo, en esos tres días dejó muy claro a sus captores y compatriotas que iba a luchar hasta el final por demostrar su inocencia, por preservar el honor y la gloria de los serbobosnios y de su santa república, y por justificar su inevitable y necesaria guerra; pero también les dejó claro que ningún nombre inconveniente saldría de su boca, ni delaciones ni revelaciones estrella. A él solo le interesaba su verdad, es decir, la única verdad posible. Así que se limitó a relatarle al BIA quién fue durante esos trece años, cómo Dragan Dabic, de sesenta años, natural de una pequeña aldea serbia de Kovaci, cerca de Kraljevo, de padre serbio y madre croata (datos todos de su pasaporte falso), había vivido en el suburbio de Belgrado llamado Novi Beograd, donde se estableció en 1996, al acabar la guerra. El barrio está lleno de chinos, sobre todo en la parte del denominado Bloque 70, y él se había especializado en medicina tradicional china. Mejor camuflaje imposible. Algunos de sus clientes eran musulmanes. Pero eso no es nuevo, siempre ha sido así durante toda su vida. Al BIA le dirá que él jamás ha dejado de luchar en una cruzada. Incluso les contó cómo había sufrido los bombardeos de la ciudad por la OTAN, en 1999.¿Qué ha sido del sombrero y del maletín abombado? El maletín, de cuero blando, negro, estaba repleto de frascos con hierbas medicinales, ungüentos, pomadas, píldoras, folletos explicativos, un quemador de alcohol, dos termómetros, un diploma doblado, un libro en ruso y otro en serbio, este último traducción suya del maestro naturista chino Zhang Hong, que le serán devueltos pero que nunca más volverá a abrir. ¿Para qué? Ni siquiera se los llevará allí donde lo envían. El sombrero panamá formaba parte del conjunto del disfraz, una astuta elección según cierta prensa, y acabó en la basura, como su extravagante túnica de tres cuartos negra, de cuello chino.Solo una cosa le importa. En uno de los apartados de su cartera llevaba una foto. Es la única de sus pertenencias que suplica le devuelvan antes de que se deshagan de ellas o pasen a disposición judicial. Se trata de una foto bastante antigua, grisácea, con roturas. Hay una fecha escrita a tinta en la parte posterior: 19 de julio de 1945, un mes después de su nacimiento. La foto es elaborada, se ve en ella a un hombre que posa de cuerpo entero, vestido de paisano, de facciones tristes y crispadas, haciendo un saludo fascista con el brazo derecho y portando en el izquierdo al pequeño Radovan envuelto en una mantilla. Es su padre, Vuko Karadzic, una figura destacada del ultranacionalismo y actor aficionado. El fotógrafo que la hizo firmaba en el reverso de sus retratos como Fotos-Dabic. A Karadzic nunca se la devolvieron. Los semáforos se suceden. Uno, dos, tres, cuatro, hasta cinco seguidos. Están apagados o parpadean en ámbar. Demasiadas facilidades para el autobús diésel modelo Paz de fabricación rusa en que va DraganDabic, un hombre de barba gris y pelo atado en una larga coleta canosa recogida en un moño. Después de contarlos se pregunta por un instante si no estarán dejando a propósito vía libre al autobús. Pero ¿con qué fin? ¿No hay siempre un horario que cumplir, un orden que mantener? ¿Será un aviso de prevención porque hay obras en la carretera? Sus cavilaciones sin respuesta lo sumergen en la agradable temperatura del aire acondicionado que huele ligeramente a ambientador dulzón y a gasoil, y cierra los ojos. El calor asfixiante de julio queda fuera. El viaje no es largo, pero seguro que puede dormitar unos minutos, incluso un cuarto de hora, como siempre. La captura tiene lugar el 18 de julio de 2008 por agentes del BIA (Servicio Secreto de Serbia). La foto que se verá en la prensa unos días después, exactamente el 21 de julio, es la de un individuo pacífico y perplejo, casi un gurú oriental, con una poblada barba blanca, pelo largo también blanco, recogido en ese moño que le hace parecer tibetano. Tiene la mirada ausente, aunque dirigida a la cámara. El fondo, desenfocado, es un balcón que da a un jardín verdoso, pero puede ser un bosque o un parque; hay botellas de agua en una mesa lateral y un teléfono. Su identidad es la de un curandero de Belgrado, uno de esos sanadores alternativos que se hacen populares en circuitos amplios pero casi clandestinos, pese a salir en televisión y en Internet. Tenía muchos pacientes en varias ciudades de Serbia y Montenegro a quienes procuraba remedios naturales para sus dolencias físicas y psíquicas. Tenía una página web donde reproducía los vídeos de sus charlas y de sus cursos, en los que proponía una vida sana y un equilibrio armonioso con la naturaleza. En su entorno, era un hombre bueno, quizá un hombre sabio, y siempre un hombre sensible. Estará durante tres días en un lugar desconocido, totalmente incomunicado. Nadie, ni sus hijos, ni su mujer, ni sus viejos ni sus nuevos amigos, ni su amante, ni sus colegas de la clínica de Novi Beograd donde trabaja, nadie, absolutamente nadie sabrá dónde estuvo esos tres días previos a ver su foto en las portadas de todos los periódicos del mundo. No podían acudir a la policía, solo podían alarmarse o esperarse lo peor en medio de cierta angustia. Para la defensa, más de un año después, aquella detención ilegal –y violenta, como él insistía en manifestar– de tres días fue un escándalo jurídico, político y humano, enfatizado en ese orden. ¿Qué pasó en aquel lugar secreto, probablemente unas dependencias discretas del BIA en el centro mismo de Belgrado, en la mejor tradición del viejo KGB? ¿Qué dijo Dabic, una vez afeitado, aseado, cortado el pelo, y recuperada ya su identidad como Karadzic, el psiquiatra de aire bovino con cara de siniestro profesor pasado de moda? ¿Qué pactó con el Estado serbio el mayor asesino de Bosnia-Herzegovina? Sea como fuere, al cabo de tres días fue mostrado al mundo como una gran victoria de los servicios secretos, y un tanto fundamental marcado por el Gobierno. La prensa dio la tan esperada noticia y Europa respiró aliviada. Karadzic tal vez no llegó a saber que en esos tres días estuvo a punto de ser ejecutado y que su cadáver pudo haber sido pasto de gusanos en cualquier zanja, donde lo habrían encontrado con un tiro en la sien, probablemente disparado por la misma arma que tendría en su mano, probablemente usada por sentirse acorralado.

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